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Archivo de la categoría: Viajes de altura

Mi familia siria

 

El barrio de Bab Amro en Homs. Vía Internacional El País. Foto: AFP

Un día en Madrid, cuando íbamos a sacar el visado en la embajada siria, un ciudadano de este país residente en España desde hacía mucho nos pidió si podíamos entregar unas cartas a sus parientes que vivían en un pueblo cercano a Alepo. Hace mucho de aquello. Fuimos, estuvimos, convivimos durante unas semanas con una familia inmensa (¿qué será de ellos?), árabes cristianos, árabes musulmanes, daba igual; todos mezclados. Allí aprendí que las etiquetas son compartimentos cerrados discriminatorios e injustos, pues nunca corresponden con la realidad; que ésta siempre es más rica, más amplia, más abierta de lo que imaginamos. A veces mejor, a veces peor de lo que creemos. Una familia cualquiera era aquella. Muy unida. Fue la mía, la nuestra. Todos convivían, en el mismo pueblo, mismo barrio o casa. Del gobierno no hablaban. La foto del dictador colgaba por doquier. El ojo que todo lo ve lo decía todo. Mi imagen de Siria continuó así, apegada a la de ese puñado de personas amables y hospitalarias, a las que luego nunca volvimos a ver, que cocinaban para nosotros cada día en una vivienda de un pariente nuevo (todos querían invitarnos, nos veíamos engordar por momentos); que nos preparaban lentejas (las recuerdo bien porque en los patios, como en la España de antaño, se sentaban todos, hombres y mujeres y separaban las buenas de las malas; retiraban las piedras… mientras se charlaba al sol, entre flores, olores, animales…) y una sopa de yogur tan ácida y sabrosa que yo no sabía como rechazarla e intentaba comerla hasta que me producía arcadas… y no había más remedio que confesar, entre risas, la verdad: que aquel gusto no era el mío.

Una familia de miembros incontables con los que compartimos días y noches; dormíamos en colchones en las azoteas, mirando las estrellas inmensas en el cielo mientras unos contaban sueños de Europa, otros de realidades sobre el terreno. Recuerdo a Gaith, a él especialmente, uno de los hijos mayores, un hombre especial, estudiaba arte, era profesor y soñaba con visitar todos los museos europeos y americanos y se sabía todas las obras de todos los autores, mientras pintaba las suyas…. Le recuerdo porque nos acompaño durante días por todo el país, visitando monumentos, lugares culturales y arqueológicos: en Homs, en Hama, en la impresionante Alepo, en Maloula, en los museos y la universidad de Damasco, en la Palmira desértica de cuarenta grados a la sombra con sus baño de barro, en el Crack de los Caballeros que era imposible encontrar yendo sólo, pues no existía ni una sola indicación que no fuera en su idioma… Esos sitios que han marcado la historia del mundo de la mano de un guía perfecto, mientras las bombas, resonaban más allá, en Líbano casi siempre al caer la tarde. Olía a cultura por todas partes y a sol y a comida, y hasta a Mediterráneo puro se diría, tan a gusto nos encontrábamos. Nos costó tanto marchar.

Y contemplo desde hace ya muchos días el goteo de información y fotografías con tantas ruinas, más de siete mil muertos,  cientos de rostros desesperados, el asedio del Ejército y su brutalidad, la Cruz Roja que no puede ni asistir a heridos, agua de lluvia que sirve de alimento... Lo veo sin querer verlo. Porque no reconozco este lugar donde la gente sufre y sufre sin pausa (como me sucedió en los Balcanes en su momento, que yo casi acababa de cruzarlos, cuando todo se incendió un día y nadie podía creerlo; o en Cachemira en India, que se cerró tras nosotros un toque de queda continuo ya luego durante dos décadas, sumida en una guerra ignorada y brutal).

Yo estuve allí en Siria durante un tiempo, me digo por lo bajo. ¿Lo recuerdas? Estos de la imagen son los hijos de los hijos de aquellos que un día nos cruzamos, conocimos y apreciamos. Como podían ser los hijos de los hijos nuestros en un mundo que no tiene pudor, una maquinaría imparable movida por el interés y los negocios (de armas, de petroleo, de recursos…). No reconozco esta desesperación y esta ruina (¿qué ha sido de los colores y los cantos en la intrincada medina de Alepo, del sonido de las norias de agua, del murmullo de los museos…?) provocada por una dinastía de dictadores (los Bachar el Asad de turno) y soportada por muchas manos de otros a la sombra más allá de sus fronteras… que no reconocen nunca la injusticia, ni que el tiempo de abandonar del poder, de partir, está maduro, que quizá habrían podido evitar y evitarse la mayor vergüenza: morir matando hombres, mujeres y niños en masa. Aunque quizá para eso se entrenaron antes, concienzudamente, cuando reprimían a sus ciudadanos poco a poco, minuto a minuto, día a día.

Viajar o el deseo de ser otro

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Aparentemente de Kivanc Gulhan, via Behance

Acabo de regresar de dar la vuelta al mundo. Ida y vuelta, en verdad, casi cuarenta mil kilómetros. Y no les voy a contar (aún) para qué. Al regresar del último tramo, 14 horas sin pausa de vuelo, pensaba en cómo, cuando estás tan fuera, tu universo particular, en un pueblo, en una ciudad cualquiera de un territorio cualquiera, parece tan antiguo que esa sensación de pérdida te espanta un tanto. De repente, lo cotidiano se escapa tanto de ti que crees ser otro; las noticias de tu tierra se vuelven difusas, como ecos de un pasado que ya no acabas de controlar. De hecho, ya no lo harás nunca, porque hay instantes de ese tiempo lleno de detalles que ya no experimentarás. Los familiares y amigos se van quedando con rostro desdibujado, aunque su existencia cuente, claro. Pero tus y sus problemas se diluyen. Como los colores y los olores que se evaporan sustituidos por otros. Tu lugar de trabajo empequeñece. Las tareas pendientes pasan a ser minucia…. La silueta del mapa mundi personal, aquello que llamas tu vida o tu país, se difumina en una suerte de niebla distante… ¿Donde queda mi tierra si no es este el lugar donde habito?

El viaje es hermano carnal de la literatura o del cine. Debe serlo. Y es droga. Porque engancha. Y porque es trasladarte y sentirte un ser nuevo, habitante automático de y en la vida de los otros; tu las protagonizas todas, las sientes, te marcan y las marcas; vives en un cruce de caminos que influirá luego en tu tiempo futuro, aunque aun lo ignores. Una señora te para en una calle de Roma: “¿Sabe usted donde…?”. “Lo siento no soy de aquí”. “!Ah, perdone, creía..!”. Llegas a Dubai y sudas; a Australia y tu tiempo se hace húmedo y jocoso; aterrizas en India y vuelves atrás y adelante la vista sobre la historia. Vas a Brasil y admiras su fuerza; en Colombia, la belleza; en EE UU, la seguridad de sí y sus dimensiones; en Marruecos, la osadía; en Egipto, su río y su cultura y su callejones, y su museo ahora abandonado y hundido…

Vives al momento el momento de otros.

Y luego partes sin más, con un desasosiego indescriptible dentro.

Los viajes marcan, porque el cuerpo y la mente se escapan de un lugar y se sitúan en otro. Nos permiten hacernos la ilusión de habitar muchas vidas en una… ¿No te has visto a a ti mismo/a cual morador de esa casa nueva que visitas, o como cliente habitual de ese hermoso café lleno de clientes interesantes, o volviendo una y otra vez a aquel museo que te entusiasma, o a ese mercado, esa playa, esa montaña o esa granja cercana al lago? Yo podría quedarme aquí, te dices por dentro… Y, a veces, hasta tienes tentación de comprar objetos que te aten; de apuntarte a actividades o engancharte a personas que te obliguen a permanecer un poco más de tiempo (mental o no). Un poco más.

Nostalgia infinita te invade al partir de un sitio a otro. A sabiendas de que ya nunca, probablemente nunca, volverás a él. Porque no hay tiempo de regresar a tanto lugar hermoso. Y da lo mismo que viajes mucho o poco. Esa sensación se pega a tí como un manto: miras de nuevo, por ultima vez por la ventana, alargas las tertulias con los nuevos amigos, te resistes a hacer las maletas y rehacer el camino al aeropuerto… Las personas que se cruzan en tu camino te abren nuevas puertas. Miras a través y los ves. Te dibujan nuevos mundos, todos en éste, todos en ti. Y lamentas no poder usarlos. Son los viajes al final reflejo fiel de los mojones en tu biografía. Todos nos conocemos más a nosotros mismo en y durante ellos; y también a los otros.

Cuando das la vuelta al mundo completa o por partes, tu existencia se ralentiza. Eres tu en el lugar donde siempre resides; y eres otro distinto, aquel que protagoniza nuevos encuentros, contempla nuevos paisajes, padece calores, fríos, sudores y cansancios diversos… El viaje, inevitablemente, te aleja de los tuyos mientras tú te vuelves ser múltiple en la travesía. “Hoy llueve…”, les escribes en tus cartas o mails o sms  a tus seres queridos. O bien, hoy nieva, hace tanto calor, no puedo con este frío, estoy bien y os añoro, los negocios marchan, tuvimos reuniones, te echo de menos, no hago mas que trabajar… Y nada de esto es del todo verdad ni mentira. Son frases hechas para despistar el sueño o el deseo de escapar hacia otro destino y otro y otro… Frases para no decirlo alto y claro: “Me muero a ratos por ser tu y si lo fuera suspiraría por ser quien soy”. Viaje tras viaje. Sin remedio.

Funambulistas de altura

Esto es un trozito sólo de un documental, dirigido por el realizador, instructor de esquí y guía de montañaSébastien Montaz-Rosset, que estará disponible a partir del 11 de noviembre en su blog y se titula “I believe I can Fly (Flight of the frenchies )” . Tancrede y Julien, amigos franceses con relación solidificada en la práctica deportiva de alto riesgo, desde las cumbres de los Alpes a los rascacielos de París, se han ido ahora a los fiordos noruegos (Kejrag) con el objetivo de convertir su último sueño en realidad. Y qué sueño. Jugarse el tipo, se podría llamar. Un canto a la generación de adrenalina. La cuerda floja sobre el abismo. Todo, para preparar un cambio radical en su especialidad de funambulistas de altura… Y aquí descubren el verdadero sentido de la libertad, dicen. Un viaje que les resulta de lo más divertido. Y hasta les relaja, como se ve (bajo la música de Michael Denny).

Cachemira, un paraíso cercado

Cachemira. Ay, una de las zonas más hermosas del mundo, un lugar encantado. Miras su paisaje y el primer reflejo es cerrar los ojos para asegurarte de que no andas soñando. Las faldas del Himalaya, aire puro, valles indescriptibles, paisajes de ensueño amados por los rajas, el agua repleta de nenúfares y los hoteles barco del lago Dal que construyeron los británicos colonialistas… Ahí quedaron. Cachemira, puro exotismo. Y región estratégica. Pero este paraiso está cerrado, prisionero, cuesta ir. Por las disputas entre India y Pakistán, por los excesos del Ejército indio (muchísimos y poco contados) y el terrorismo interesado (idem) la han hecho insegura. Sigue abierto teóricamente el proceso de paz, la situación mejora a temporadas, pero a río revuelto… Su gente sueña, me consta, con recuperar sus negocios, atender a los viajeros, vivir en calma… Tal cual sucedió hasta principios de los noventa. El texto que sigue se publicó (en parte) en El País Semanal en septiembre de 2005 dentro de una serie de verano sobre hoteles de ensueño. Cachemira fue parte de un larguísssssimo viaje por India Y Pakistán que realicé justo antes de que se cerrara la zona (y la región del Ladakh luego) al turismo.

El lago de mil colores

Te dicen: “Cachemira”. Y todo aparece delante de tus ojos: agua y agua; bosques habitados; mil verdes en mil valles; una luz siempre tamizada; la mole espectacular de las cumbres del Himalaya, las carreteras endiabladas repletas de convoyes militares que ascienden hasta casi los 5.000 metros hacia la región del Ladakh, una de las más altas, remotas y despobladas de la Tierra, el Tíbet indio, la ciudad de Leh; el Indo, ese río mítico…

Es éste un mundo extremo, de dimensiones extraordinarias: el Estado de Yamu y Cachemira, la región más noroccidental de India, que ha sido hindú, mogol, parte de Afganistán, del imperio sij; que es una de las más hermosas, si no la más; una de las más conflictivas, si no la más. “Sobrepasa en belleza todo lo que mi ardiente imaginación había previsto”, escribió el filósofo francés François Bernier en 1665. “Si hay un paraíso en la Tierra, está aquí”, dicen que exclamó el emperador mogol Jehangir en ese mismo siglo. Y así, todos los que la han visitado alguna vez.

Pronuncias “Cachemira” y ahí están –de la austera Derby Shire a la lujosa Gul Noor que aparece en estas fotografías– las casi mil barcazas-hotel (houseboats) de herencia británica, ancladas en el lago Dal, en Srinagar, la capital de verano del Estado, que nacieron en el siglo XIX por una indicación del marajá. “Británicos, bienvenidos a mis tierras, pero no podréis edificar en ellas”, vino a decir. Los aludidos, cuyo imperio marcó el destino de India y Pakistán en general hasta su independencia en 1947, y el de Cachemira en particular hasta el mismo día de hoy, cumplieron sus deseos. Levantaron sus viviendas sin usar un solo palmo de suelo: construyeron casas de madera como grandes barcos y los anclaron en el lago Dal y también en el Nagin y, luego, hasta en las aguas del río Jhelum, que atraviesa juguetón la ciudad.

Como resultado de aquella iniciativa, los hoteles flotantes son hoy símbolo del lugar, y el Dal, que en realidad son tres lagos separados por diques, ganó peso, se afianzó como corazón de Srinagar. Por él, las shikaras, una especie de góndolas austeras y estilizadas, se deslizan sigilosas, dibujando una procesión eterna de puestos ambulantes. Hombres, mujeres, niños en cuclillas que reman y reman –manos encallecidas, piel cuarteada– transportando leña, alimentos, flores o utensilios para sus humildes casas escondidas entre los recovecos y las zonas pantanosas del lago. Hombres, mujeres, niños que regresan a ofrecer flores, frutas, té, miel, alfombras, joyas o artesanía a las parejas de turistas felices que se acomodan, enamorados o no, en otra barca vecina, preparada para el paseo, con dosel policromado, definitivamente romántica. Tras todo se va inevitablemente la vista en este lugar de Cachemira: los campos de nenúfares allí, los jardines flotantes repletos de color acá; las islas en el centro del lago donde los indios se reúnen para el pic-nic; la ropa ajada tendida en las barandas; la mirada profunda de sus gentes; el cielo, el lago y las montañas fundidos en el mismo azul rotundo.

“En el Dal no hay visitante que no se relaje del estrés del Sur”, dice Mansú, el remero adolescente de ojos de tigre, orgulloso de su shikara, a la que ha bautizado Lucky 7. “¿Venís de India?”, pregunta Mansú. Y preguntan eso exactamente también muchos lugareños (nueve millones de habitantes en todo el Estado, 35 habitantes por kilómetro cuadrado), en las tiendas, en los restaurantes, aunque es en India donde nos encontremos. Hasta que caes en la cuenta de que muchos aquí siempre tiraron más hacia Pakistán, el país vecino. Porque Yamu y Cachemira es de mayoría musulmana (el 80%, mientras en todo el país se invierte la proporción: 14% de musulmanes y 80% de hindúes). Y porque en la división territorial del Imperio Británico, en 1947, hubieran preferido caer del lado paquistaní o, al menos, tener la oportunidad de expresarse en referéndum, cosa que no sucedió. Doce millones de desplazamientos (de hindúes y sijs hacia un lado de la línea; de musulmanes hacia el otro) se produjeron durante aquel tiempo de cambio fundamental. Más de un millón y medio murieron.

Y es ahí donde se ha cocido lenta y largamente un conflicto que ha cubierto de sangre esta tierra paradisíaca, avivado con la discriminación y la demostración de fuerza constante por parte del Gobierno central, con el guerrear interesado entre ambos países, con el juguete siempre presente de la amenaza nuclear. “Cachemira no es un problema para los Gobiernos de India y Pakistán, sino la solución permanente para todos sus conflictos internos y, además, con un éxito espectacular. Cachemira es el conejo que se sacan de la chistera siempre que les conviene”, apunta una de las escritoras más famosas del país, la activista por la paz Arundathi Roy. O como se lee en el informe del Observatorio de Derechos Humanos de la zona de 2004: “El derecho a vivir con dignidad y el derecho a la autodeterminación, ambos están suprimidos en Yamu y Cachemira”. Y eso que hoy la cifra de muertos (casi 80.000, la mayoría civiles, en tres lustros de violencia militar y terrorismo) ya no aumenta tan deprisa. Tres guerras indo-paquistaníes se han disputado en este territorio. A punto estuvo de celebrarse la cuarta en 2002.

Dicen que hay cachemires terroristas, infiltrados a través de la llamada Línea de Control (que separa ambos territorios, implantada por la ONU en 1949) pagados por Pakistán. Dicen que los hay fundamentalistas, separatistas, independentistas… “Pero la gran mayoría de cachemires sólo quiere la paz”, sigue Roy. Algo bastante alejado, parece, del objetivo de los terroristas y también del de los nacionalistas hindúes. Y a veces, hasta del de algunos políticos de altura. “Los musulmanes no están dispuestos a vivir en paz en ningún lugar”, afirmó en 2002 en un congreso de su partido, el conservador Bharatiya Janata, el entonces mismísimo primer ministro de India, A. B. Vajpayee. En India viven 160 millones de musulmanes.

Recientemente, tras las elecciones de 2004, que ganó el Partido del Congreso, se profundizó en un proceso de paz que ha traído de nuevo la esperanza a la zona. Permite ya que circulen autobuses entre sus fronteras, que se reúnan familias separadas desde hace medio siglo, que hablen entre sí líderes políticos y separatistas. Y que el ciudadano Irshad Wani, dueño de una casa de huéspedes en Srinagar, en el bulevar cercano al lago Dal, la Wani Guest House, se plantee reabrirla, tras permanecer cerrada los últimos años. Aquel lugar en el que tantas cosas nos sucedieron durante el viaje…

Cierro los ojos y aún la oigo: “Vete a la otra carpa, mira a ver cómo es mi marido, luego vienes y me lo cuentas”.

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La isla de los esclavos

El cantante senegalés Youssou N’Dour explora el legado musical africano, las raíces de la esclavitud en Return to Goree, película de Pierre Yves Borgeaud, rodada en 2007. En ella, entre otros muchos, aparece Joseph Ndiaye, el guía de la casa de los esclavos en la isla, una referencia permanente en el lugar, que murió poco después.

¿Qué simboliza Gorée en África? Aquí lo contamos. 

Los gritos de la isla de Gorée

Gorée se encuentra frente a Dakar, capital de Senegal. Los europeos la disputaron como enclave militar y puerto comercial de seres humanos con destino a sus colonias americanas. Durante cuatro siglos, millones de cautivos cruzaron el Atlántico desde estas costas de África occidental hasta que en 1807 los británicos prohibieron su transporte. Patrimonio de la humanidad desde 1978, Gorée es hoy lugar turístico. Un transbordador va y viene hasta allí sin descanso, esa cadencia con que antaño llegaban los barcos negreros.

El único ruido mecánico al llegar a Gorée es el del motor del ferry. No hay coches en la isla, sólo el golpear rítmico de las olas; muchos gritos, risas y palabras en francés y en wolof circulando por el aire; los reclamos cantarines de las vendedoras; las notas del chapoteo continuo de unos y el chapuzón repentino de otros bañistas; los pasos apresurados sobre el espigón de aquellos que buscan alcanzar el transbordador de vuelta a Dakar, este barco que es como la plaza pública: allí donde todo confluye, donde el millar de isleños se busca y siempre se encuentra.

Hace un instante, en cubierta, el sonido lo ha puesto la voz de Anta Guèye, de 11 años, que luce el mismo apellido que un personaje célebre del país, Laminé Guèye, uno de los primeros alcaldes y abogados negros africanos allá por los inicios del siglo XX, cuando Senegal era francés y empezaba a pelear por algo de espacio e independencia. Anta lo sabe; lo estudió en historia. Sabe también lo que simboliza Gorée. Y lo que ella quiere ser el día de mañana. Lo dice bien alto: “Presidenta de la República”.

Le sigue un coro de carcajadas; borbotones de dicha que brotan de las bocas y los grandes ojos de sus compañeros. A la clase de quinto le toca hoy la tradicional excursión de fin de curso: de Dakar a Gorée. De la caótica y joven capital de Senegal (fundada en 1857) al apacible rincón turístico, con siglos de historia, famoso por haber sido, desde que pusieron el pie aquí los portugueses en 1444, puesto militar y rico almacén de esclavos. Ese “lugar sin retorno” donde, cuentan, los cautivos veían por última vez la línea de su tierra natal.

Era Gorée uno de los puertos de carga en la costa del África occidental -otros muy activos fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del Gambia-, de la que, se calcula, salieron presas millones de personas en barcos gobernados por los John Hawkins, Francis Drake o John Newton de la época, convertidos luego en leyenda por el cine marinero y pirata. Todos, personajes de historia suculenta. Newton, por ejemplo, hizo fortuna en el golfo de Guinea y transmutó luego en abolicionista entregado: pidió incluso perdón en un libro por los actos cometidos en su etapa de mercader sin escrúpulos.

Un negocio europeo lucrativo el de negrero. No sólo para los navegantes. Lo ejercieron muchos, de muchas nacionalidades y empleos, durante cuatro siglos: reyes, políticos y misioneros; particulares y compañías; gente de éxito y buena reputación que se enriqueció con la trata. Una práctica a la que se entregaban ya los propios africanos desde hacía siglos y que los europeos convirtieron en empresa saneada y rentable, una de las actividades económicas más organizadas y sistematizadas de la época preindustrial, según dice el historiador Herbert Klein en su libro The atlantic trade slave: requería licencias, registros, preparación y avituallamiento de barcos, implicación de tripulaciones y agentes en tierra para la captura y la venta, y hasta de médicos para inspeccionar la salud de la mercancía… Hubo papas, como Nicolás V, que dieron el visto bueno y Estados que supervisaban el negocio. En España fue monopolio: la Corona cobraba el llamado derecho de asiento por la introducción del producto en sus colonias. El de esclavos lo abonaron genoveses, portugueses, holandeses, franceses, británicos… La South Sea Company, por ejemplo, en el siglo XVIII, se comprometía a enviar a América 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. Así está documentado. Lee el resto de esta entrada

Volar sin motor

Un día de 2004 escribí un artículo que hablaba de la emoción de volar. Sin motor. Por puro deseo. Una experiencia que un grupo de apasionados del Aeroclub Nimbus practicaba cada día en Monflorite, en Huesca. El sueño que fue de la aviación desde principio del siglo XX. Aparatos ligeros, estilizados, bellísimos … que se alzaban, subían y se movían como en una coreografía por el cielo. Yo estuve un día allí con ellos. Me dejé llevar. Sentí la emoción. Y la fuerza del aire. Mi bautismo de altura. Dejarse llevar por el viento. Separar el movimiento de un motor, de la ayuda mecánica. Planear. Como un pájaro. Ese día entendí por qué aviones pesados y gigantescos consiguen levantar sus cuerpos de la tierra. Por qué levantamos el vuelo. Pura magia. Pero, de repente, quise compartirlo y el texto no aparecía por ningún lado. Las palabras se han esfumado sin dejar rastro. No consta en mi ordenador, en ningún papel oculto en alguna parte, no aparece en documentación, ni siquiera en las páginas del Club Nimbus, donde me consta que sí se guardaron durante meses.

No podía colgarlo en el blog para repasar los detalles. ¿Se había perdido para siempre? “¿Lo leíste? ¿Lo tienes?”, pregunté, “Ponlo aquí”. Y al poco, en mayo de 2011, apareció. Aquí está. Recuperado. Incluso ampliado con comentarios de los propios miembros del Club Nimbus.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sombra de un aeropuerto comercial amenaza Monflorite(Huesca), la cuna de la aviación en España. Lo escribía en el artículo que sigue, publicado en El País Semanal en mayo de 2004 (inédito en la web). Y pasa que pasan los años, el aeropuerto se construyó, se terminó, se abrió… Y nunca o casi nunca se utilizó. Abierto sigue. Y no sirve para mucho. Lo contaba Luis Gómez el pasado 1 de mayo en Aeropuertos para todos.  A cambio, dos pistas trazadas, tan incompatibles como los dos conceptos mismos de vuelo, y la destrucción de una actividad deportiva centenaria. Además de disgustos. Y hasta escenas absurdas, como la vivida hace unos días. Ya que ahora conviven la pista deportiva y comercial, puede suceder como sucedió, que un velero deba  aterrizar de urgencia (¡esa térmica!) en pista que no suya. Y ahí entra en acción el protocolo: hay que avisar a los bomberos, vale; que acudan, vale; que tengan material adecuado, vale; que actúen, vale; que liberen la pista, vale… Vivir para ver, ¡lástima de escenas surrealista que se pierde Luis García Berlanga! 

Volvamos atrás. Corre la primavera. Hace buen día. Visitamos por primera vez el lugar. Y los pilotos del Club Nimbus nos invitan a nuestro bautismo de altura. ¿Has volado sin motor alguna vez? Enganchados quedamos para experiencias futuras. Pura fascinación.
¿Estás preparado? ¿Que se siente? Pues todo esto.  


Veleros de altura

Ricardo Montón Utrilla, instructor de vuelo sin motor del Aeroclub Nimbus, dice: “¿Hacemos algo?”. Bueno. Ya que nos encontramos a más de mil metros de altura en un biplaza Let L13 Blanik, un planeador checo de aluminio y tela que pesa 292 kilos y lleva más de 30 años en activo…, pues hagamos algo.

Dicho y hecho. El morro se inclina, cae en picado sobre los campos de Huesca, desciende en vertical sobre un encinar. A un lado quedan los tejados de un pueblo de nombre inolvidable, Bellestar del Flumen, el paisaje del prepirineo, la sierra de Guara; al fondo, el gran Pirineo; arriba, el espacio infinito; abajo… Mejor no pensarlo. “Cada vez que subo en aeroplano y miro hacia abajo me doy cuenta de que me he librado del suelo, tengo conciencia de un descubrimiento grande y nuevo. Pienso: ‘Ésa era la idea. Ahora lo comprendo todo”, escribió una enamorada de la navegación aérea, la danesa Isak Dinesen, en Lejos de África. El centenar de socios del Nimbus podría citar como propio este texto. Ellos, y los del aeroclub de Toledo, de Madrid, del Loreto, del Clavileño, del Igualada… Cada uno de los forofos del vuelo a vela en España.
Porque todo se comprende cuando se está arriba. Cuando el cable umbilical de la avioneta remolcadora se desprende con un ruido seco y el velero (como ellos los llaman) se queda huérfano; cuando el viento rompe el silencio y empieza a chillar al colarse por las costuras y el ventanuco de cabina… entonces la respiración se queda tan en suspenso como el aparato. “¿Ves el hilo de lana pegado con celo fuera de la cabina?”, pregunta Montón desde el asiento de atrás. Sí. “Indica si el avión va bien nivelado…”. ¡Estupendo! Un método casero e infalible que resiste el empuje de las nuevas tecnologías.
Aquí arriba, observando a los buitres volar curiosos alrededor del Blanik, se entiende bien la pasión de los miembros del Nimbus, el club con sede en el aeródromo de Monflorite-Alcalá, de donde hemos despegado hace unos minutos. Lo que se siente es una pura inyección de adrenalina. Sobre todo al caer en la cuenta de que el aparato asciende, gira, desciende y vuelve a subir a voluntad, sin ayuda mecánica, sin motor, ni hélice, ni nada… Sólo con el viento y el conocimiento del hombre… “El truco está en buscar las corrientes y aprovecharlas”, había dicho en tierra Carlos González, joven aspirante a piloto -se debe volar un número de horas determinado, 40 dobles manos lo llaman, es decir, con instructor, y 20 en solitario, antes del examen para conseguir la licencia-, mientras limpiaba una aeronave de cadáveres de mosquitos. “Un velero tiene los mismos papeles que un avión de Iberia, la misma burocracia”, cuenta alguien en la cantina del campo.

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El tren bálsamo

¿Deseos de viaje? ¿De normalidad, de paz…? Vean este vídeo. El autor se llama Terje Sorgjerd y es noruego, según apunta en su página de Facebook. En ella guarda muchos de sus trabajos, todos magníficos. Siempre anota el autor la cámara y la tecnología usada (que no es cualquiera). Pero el verdaderamente destacado es el que titula The Market. Y ahora que una parte cercana de ese lado del mundo, en Oriente, sufre terremotos, tsunamis y radioactividad, estas imágenes de vida cotidiana son como un bálsamo. Parecen mentira.
Ocho veces al día, siete días a la semana, este tren realiza su trayecto y atraviesa el mercado de Maeklon en Bangkok (Tailandia), de forma tan natural que asombra. Miren el espacio medido al milímetro por los vendedores para no resultar afectados, la naturalidad con que lo ven cruzar y siguen con sus cosas sin moverse, sus gestos automáticos de apartar/estirar los toldos al instante; el maravilloso color de los productos, los sonidos tan nítidos del ferrocarril y los tenderos… No hace falta añadir más. Sólo contemplar… y dejarse llevar.
 

He aquí una explicación breve (tomada de la suya) para ubicar el recorrido. La primera parte es el mercado de Maeklon, que existe desde hace décadas y ha permanecido inalterable hasta la creación del ferrocarril mismo. Pero ninguna ley (al contrario que en otros países) obliga a los comerciantes a desalojar, dice Terje, así que ellos permanecen allí, en su lugar de trabajo, en su puesto de décadas. La segunda muestra el mercado flotante de Damnoen Saduak, agua y canales.

Y de aderezo, la canción de Katie Noonan, Crazy.

Irlanda, la atracción del vacío

Irlanda era feliz. O lo parecía. Todo iba bien entonces, en 2004. Todo fue bien durante un lustro. Todo se vino abajo en unos meses a partir de 2008, justo el momento en que el fotógrafo Alfredo Cáliz, uno de los grandes colaboradores de El País Semanal, preparó esta imagen junto a su familia titulada West Cork, Irlanda, 2008. La economía de Irlanda se hundió como un cuerpo en caída libre por los Cliffs of Moher, esos acantilados de factura espectacular, que parecen pozo sin fondo. Al menos la crisis se hizo carne ante nuestros ojos en ese momento.

Porque la catástrofe, como en España, se veía venir de lejos. Irlanda, el tigre celta, crecía tan rápido que aquello no cuadraba, ciudades y ciudadanos enloquecían con su presente creciente, su futuro prometedor. La vivienda era tan cara cuando escribí este reportaje, que la cita de un precio en alto hasta dolía, especialmente en Dublín. Pero ellos presumían. Los inmigrantes españoles, numerosos (muchos ingenieros informáticos bien formados, muchos dependientes de comercio), empezaban a vislumbrar que aquel mundo iba a dejar de ser paraíso del trabajo y del idioma. Los estudiantes de inglés seguían llenando las academias, pasándolo en grande en los pubs, escuchando conciertos en vivo cada noche (y qué conciertos, y qué música tiene Irlanda, hasta en los taxis…), interactuando con los llegados de todo el mundo tras la mejora del idioma.

El reportaje publicado en el suplemento El Viajero en febrero de 2004, se titulaba Irlanda, la isla que atrapa.

Debe de ser así cada día. Lo indica el cartel: “Abierto todo el año”. Eileen O’Brien se levanta de madrugada y pone en marcha su bed and breakfast: Atlantic View House, Doolin. Co. Clare. Es éste uno de tantos pueblos en Irlanda: al borde del mar, una sola calle, cuatro casas abrazadas y otras pocas solitarias, y un pub, O’Connors, que hay que buscar a tientas cuando oscurece y que en su interior despliega algo así como el catálogo de las esencias irlandesas. Una chimenea calienta a los presentes mientras un grupo de hombres canta una música melancólica sobre barcos camino de América, los malos tiempos o el Dublín de antaño: “Mi mente está demasiado llena de recuerdos, demasiado vieja para atender nuevos asuntos. Formo parte del Dublín de antaño…”.

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