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Archivo de la categoría: Personajes

Recortando… y pronosticando

¿Os acordáis de Santiago Niño Becerra? Le entrevisté en verano de 2010 y muchas cosas de las que contó ese día me parecieron espantosas. Conviene releerlas ahora. Decía la entradilla: “Economista polémico por sus teorías radicales sobre la crisis y el mundo que viene, menos humanista, más tecnócrata. Se acabó el ir a más: habrá recortes, en recursos y en derechos”.

Y la intro a la entrevista: “Santiago Niño Becerra (Barcelona, 1951) elige su despacho del Instituto Químico de Sarrià, para realizar esta entrevista. Y reconforta detenerse en el hall climatizado a respirar del sofoco de Barcelona…; a observar lo clásico del edificio, al alumnado y a los docentes que vienen y van por este centro jesuita y elitista (universidad privada Ramon Llull) que ya cumplió el siglo. Ahí están las camisetas y otros souvenirs en una vitrina para el recuerdo. Los venden. Otro producto de consumo más, –también lo educativo,– de los muchos que genera este mundo desarrollado asolado por una “crisis sistémica”, estertor previo al fin del sistema capitalista, según dice este catedrático de Estructura Económica. Una pausa antes de sumergirnos en ese futuro terrible que, vaticino, nos va a pronosticar este hombre prolífico y polémico por sus análisis siempre radicales y neocon (para él parece no existir lo social ni otro poder que no sea el económico) que ha ido volcando en artículos en la web (lacartadelabolsa.com) y en el libro El crack de 2010, otro más de las decenas sobre la crisis económica que se ven en las librerías, aunque el suyo (Los Libros del Lince) ya va por la 15ª edición.

Niño Becerra afirma que la debacle económica que está sucediendo y estamos viviendo nada tiene de pasajera, ni se va a resolver en un pispás. No. El castillo de naipes se cae. “A medio plazo lo único que hay que hacer es sobrevivir. Hemos estado viajando en un crucero fabuloso y ahora, de golpe, es un bote de remos”. Y se ha esfumado ya ese “ir a más” en el que nos movíamos hace poco para despeñarnos por el “ir a menos”. Para siempre. “Creo que estamos aún en un momento de concienciación. La gente espera un milagro, necesita creer que es posible”. Pero no. “Vamos hacia una época en términos humanos horrible, no es una época que a mí me guste. La persona como tal valdrá poco… tenderemos más hacia un colectivismo, algo más budista”. ¿Y eso es negativo? “Bueno, pensar en colectivo no es tan estupendo… quiere decir que si disponemos de una sola dosis de antibiótico, por ejemplo, y usted es un genio, el antibiótico será para usted”. ¿Ah, sí? ¿Quién decidirá eso? “Alguien lo hará, por el bien de la comunidad”. Uff, ni un respiro, en este embudo último en que vivimos.

“La democracia solo es posible cuando se vive en la abundancia””, decía.

“Nadie va a tomar el palacio de invierno. Ya no hay revoluciones”“, pronosticaba.

“La gente aún espera el milagro, quiere creer que aún existe””, vaticinó.

Y esto es lo de menos. Lo de más es que este declive implica otro peligro –el gran peligro en realidad–: la merma afectará al actual sistema político. “La democracia”, asegura, “solo se puede dar en la abundancia”. Y no se inmuta. Lo que se avecina, según él, tiene el color sombrío del recorte de derechos, libertades, igualdad… Muy criticado por sus tesis, que algunos definen de “profecías apocalípticas y repetitivas”, Niño Becerra es vecino desde hace 30 años de la localidad costera de Vilassar de Mar; está casado, con un hijo. Es hombre de físico menudo, media melena lacia y barba gris a lo pombo. Un señor que parece poco dado a pensar en glamour alguno, que viste camisa azul y suspira de vez en cuando, impaciente, porque no se entienda lo que quiere decir (y dice mucho; no para) o porque no comprenda tu afición a circunvalar la charla e ir hacia otros territorios.

(…)

¿Y ahora peligran hasta las pensiones…? A Michael Portino, subsecretario de Hacienda con John Mayor, en 1992, le preguntaron si la gente cobraría pensión y él dijo que toda persona que entonces tuviera menos de 40 años no cobraría. Esto va a ser así. Fíjese en un dato curioso, en 1997 en España hacían falta ocho años para acceder a una pensión, no a la máxima sino a una. Ahora se habla de 20 años… Y nadie ha dicho ni pío. Estamos en una posición, todos en general y cada uno en particular, de salvar la situación, pura supervivencia.

Al mirarle mientras cuenta parece un personaje de otro siglo, encajado en un despacho austero: una mesa, una ventana, un ordenador, una botella de agua en la mano y sus tesis en la cabeza. “Si usted me pregunta cuál es la mayor burrada que ha hecho la humanidad ha sido desperdiciar los recursos. Pero el desperdicio ha llevado al crecimiento”. No admite una fisura de optimismo en su discurso liberal siempre; provocador a ratos, muy dado al impacto. Ejemplos: “¿Movimientos de población? Bueno, Europa entre 1865 y 1910 expulsó a 50 millones de personas. Sí, pero es que entonces había donde ir, EE UU, y eran bienvenidos, había que crecer y eran necesarios… Ahora ya no”. ¿Masas de empobrecidos por todo el mundo? ¿Y quietos? Difícil de imaginar.Pero hasta para eso tiene respuesta: se legalizará la marihuana como se hizo con el alcohol en los años treinta del siglo XX. Niño Becerra se rige por una verdad: “La economía siempre es la protagonista. No lo es la política… Eso es una falacia. Cuando el señor Eisenhower dijo: ‘Lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos y viceversa’, pues era verdad. Si el director de la Shell llama a Obama por teléfono, este se pone; pero si el que telefonea es Sarkozy, no es tan seguro ya que coja el aparato”.

Vayamos hacia delante. Haga un retrato robot de lo que será 2020. Habrá cambio de modelo. El pos Segunda Guerra Mundial se basó en ir constantemente a más a través del consumo, público, privado, empresarial… El problema de ir a más es que llega un punto en que se agota. Uno no puede poner 60 teles en casa, aunque cuesten un euro. Y consume y desperdicia muchos recursos. Hoy, por ejemplo, se sabe que queda uranio para 65 años.

Aquí puedes leer la entrevista completa aparecida en El País Semanal el 12 de septiembre de 2010, con el título “A medio plazo lo único que hay que hacer es sobrevivir”. Buen provecho.

Variaciones

Ese, el de la foto, soy yo

He encontrado casualmente este vídeo y todos los recuerdos han vuelto de golpe. Recuperarlo es un verdadero regalo puesto que la película es inédita en España.

Describe una parte de la gestación de un reportaje sobre la memoria de la guerra civil junto a Amadeo Gracia, una de sus víctimas, una historia con la que se entusiasmó tanto como yo la realizadora alemana Cuini Amelio Ortiz, que se vino hasta Madrid e incluso viajó hasta la frontera francesa para ser testigo de su desarrollo. Visto ahora, varios años después, sólo puedo concluir que ha sido uno de los trabajos más importantes de mi vida. Porque ante mis ojos desfiló toda la miseria de aquella época de guerra y posguerra; la fortaleza de los que sufrieron el conflicto y la represión franquista posterior; la entereza de los que nunca pudieron olvidar lo vivido pero, aún así, perdonaron para permitir la convivencia democrática y confiaron en una reparación que nunca llegó; la determinación de los que la recuerdan a los familiares perdidos e intentan aún hoy que se haga justicia ante la indiferencia de tantos…

Escribir aquello cambió mi perspectiva sobre el pasado, me enriqueció como periodista y me hizo activista confesa y ya para siempre de una causa, la recuperación y reparación de la memoria histórica, que considero no debe ser abandonada, puesto que siempre ha sido ninguneada o menospreciada por muchos sectores interesados.

Todo el peso de lo que sucedió y representó la guerra civil y sus consecuencias para distintas generaciones pasaron ante mí mientras compartía mi tiempo con Amadeo y su familia y seguía su vida.

Su historia se publicó en El País Semanal en dos reportajes. El primero titulado igual que este vídeo, Ese, el de la foto soy yo. Y el segundo, Regreso al exilio (con el fotógrafo Alfredo Cáliz), un tiempo después, donde desvelamos gran parte de lo que la fotografía del título significaba.

Desde entonces mi interés por lo sucedido en ese periodo no ha parado de crecer, tal como se ve en otros dos textos ya más recientes: La memoria de la tierra (con las imágenes de Sofía Moro) y hace nada en Desvelados, el resumén gráfico de Clemente Bernard sobre la exhumación de algunos de los más de cien mil desaparecidos que sigue habiendo en España.

Hace unos días escribí un breve comentario titulado La primera carta de Derechos Humanos nació en Malí (en el blog sobre África de El País). En él hablaba de la Carta de Mandén, promulgada en el siglo XIII por el monarca Sundjata Keita, fundador del imperio de Malí, para garantizar la paz y la convivencia entre los ciudadanos de su reino. La carta, con siete encabezados, simples y definitivos, incluía uno que decía: “El daño requiere reparación”.

Algo que sabe todo el mundo, que intenta hacer cualquier país por deprimido o conflictivo o inmaduro que haya sido o sea (véase Camboya). Salvo en España, me temo.

¿El mayor y más reciente naufragio civil?… Le Joola, en Senegal, en 2002

Ahora que se conmemora el centenario del hundimiento del Titanic (abril de 1912), corren por tierra, mar y aire las imágenes impresionantes y sorprendentes de otro trasatlántico, el Costa Concordia, cargado de turistas en crucero, que ya se ha hecho famoso por encallar sin explicación razonable en una isla italiana y minúscula causando cinco muertos y medio centenar de heridos (de momento). Y todos los titulares hacen triste balance… Se lee y se oye repetidamente hablar una y otra vez del Titanic como el naufragio “con el mayor número de víctimas de la Historia” o “el mayor naufragio de la Historia”… Fueron 1622 las personas desaparecidas. Y no es exactamente así.  Quizá unos y otros se refieran en sus crónicas a barcos del mundo angloamericano desarrollado o concluyan tal cosa basándose en otros aspectos. Porque la mayor catástrofe marítima civil del mundo en tiempos de paz (en guerra fue el Wilhelm Gustloff, en 1945, con casi diez mil pasajeros) ocurrió en 1987 en Filipinas (el MV Doña Paz, unas 4.000 personas) y la segunda hace justo este año también una década la protagonizó Le Joola, un barco de pasajeros de propiedad pública que hacía el trayecto habitual desde Dakar hasta Ziguinchor, en la región de Casamance, en Senegal.  Sucedió en septiembre de 2002 en las costas de Gambia y dejó un reguero de 1.953 muertos en el agua. Sólo 63 personas sobrevivieron al desastre ocurrido, al parecer, por el exceso de pasaje: el transbordador sólo tenía permitida una cuarta parte del que en realidad transportaba habitualmente. Y muchos perecieron por la tardanza en recibir asistencia: la ayuda de la Marina senegalesa llegó 19 horas después de la catástrofe.

Fue una conmoción para la capital del país, de donde parte este transporte con regularidad, debido además al gran trasiego de estudiantes universitarios desde Casamance. Hubo víctimas de once nacionalidades distintas, entre ellas, una treintena de Francia, Bélgica o España. La lista de desaparecidos no se pudo establecer hasta mucho después, ya que, entre otras razones, los niños no estaban incluidos. 

Asociaciones de víctimas  (como el CCFV-Joola, Collectif de Coordination des Familles des Victimes du Joola) se crearon a continuación para pedir investigaciones adecuadas, la recuperación del barco, el juicio a los culpables, el cobro de  indemnizaciones, un censo de víctimas y un memorial etcétera…  Algunas se han conseguido con el tiempo, pero otras cuestiones que aún hoy están pendientes.  Homicidio involuntario y falta de asistencia son los cargos que se siguieron en un tribunal francés contra altos cargos del Gobierno, la Marina y la empresa naval. El barco se encuentra hundido a 20 kilómetros de la costa, a 19 metros de profundidad.  Ni la mayoría de los cuerpos ni las pertenencias fueron rescatados. Triste estadística. Triste récord. En septiembre de 2011 se presentó un documental conmemorativo y contra la impunidad de los culpables, de Papa Moctar Sélane.

Flotando en el aire de Viena

Gracias a Werner Boote, muchos habitantes de Viena han tenido un inicio de año bien distinto: flotando en el aire al ritmo de la música lo empezaron. Gracias a él y a su película: ese retrato de Viena, sus rincones y gentes, con mucho aire y mucha música, que se emitió durante la pausa del tradicional Concierto de Año Nuevo interpretado por la Filarmónica de y desde tal ciudad. Y esto es sorprendente, teniendo en cuenta que a este realizador le va más el lirismo digamos crítico. Basta decir que filmó el documental Plastic Planet, impactante para mí y para todo el que lo ve. Aún no ha sido estrenado en España para desgracias de los consumidores todos. Una vez visto, tu relación con ese material llamado plástico no volverá a ser ya nunca más la misma. En El País Semanal hicimos un reportaje al respecto: Plastificados. que daba mucho que pensar. Boote afirma que la idea de la gente flotando en el aire y movidos por el espíritu de la música la tuvo por culpa del pintor René Magritte que imaginó el mundo de este modo en su cuadro titulado Golconde. Ojalá fuera cierto.

Mi ordenador personal

vía thisitnthappines

El señor de la foto, Steve Jobs, de cuya mente brotó el desarrollo de mi ordenador, del tuyo y el tuyo y el tuyo… ha muerto.  Entre otras muchas cosas, a mí y a ti y a ti nos dio este consejo: “Tu tiempo es limitado, así que no lo desperdicies viviendo la vida de otros. No te dejes atrapar por el dogma, por lo establecido – lo cual significa vivir según los patrones o resultados del pensamiento de otras personas. No dejes que el ruido de otras opiniones ahogue tu propia voz. Y lo más importante, ten el coraje de seguir tu corazón e intuición, porque, de alguna manera, ya sabes lo que realmente quieres llegar a ser. Todo lo demás es secundario”. Habla, di, crea, inventa, pues, hoy. Mañana será demasiado tarde ya.

 

Troy Davis que estás en el Cielo…

Sentada delante de la tele espero un milagro en esta madrugada del 22 de septiembre. Uno que se produzca en la prisión de Jackson, en Georgia, y salve a Troy Davis de la muerte por inyección letal, de otro asesinato legal más. Uno que implique clemencia, crecida durante dos décadas al calor de los deseos de miles de personas de todo el mundo, aquellos que están contra cualquier pena de muerte en general e intentan actuar para que desaparezca de la faz de la Tierra, y aquellos otros que, sin estarlo al ciento por ciento, han clamado desde siempre por la liberación de este hombre de 42 años, que lleva la mitad de su vida prisionero y fue condenado en un juicio considerado injusto, tan repleto de irregularidades que organizaciones como Amnistía Internacional no han parado de denunciarlo año tras año… ¿Murió un policía en 1989? Sí. Y se debe hacer justicia, por supuesto. ¿Estaba allí Troy? Sí. Pero contra él nunca hubo suficientes pruebas. Quizá el día del crimen simplemente estaba en el momento in-justo en el lugar in-adecuado. Y todo estaba en su contra: su color (negro), su origen (humilde), los compañeros de juego ese día (confidentes de la policía, indigentes, y otros que le acusaron de entrada y sólo años después se desdijeron y confesaron presiones de la policía), la ciudad donde habitaba (Savannah, muy militar, muy policial, muy blanca), el Estado (Georgia, ídem). Un hombre va a ser ejecutado. Y su familia, sus abogados, las ONG, esperan como yo en estos últimos minutos que llegue una llamada, que el Tribunal Supremo se lo piense, rectifique, de un plazo, algo que permita detener este desacierto.

Delante de la tele pienso en cómo estará Troy, en qué posición, en qué espacio físico, con qué aspecto, pensamientos y sentimientos. Y veo ante mí como si lo tuviera delante el cuerpo escuálido de Martina Correia, la hermana de Troy, que ha hecho de la pelea por salvar la vida a su hermano pequeño una lucha personal, draconiana, hasta el punto de afectar a su salud, a sus relaciones personales… a todo. Vivió momentos, tantos y tan desesperados (es la cuarta vez que Troy está en el corredor de la muerte, esperando) que ya no puede enumerarlos. Con ella y con la madre de Troy, Virginia, pasamos dos días en Savannah, Georgia, a finales del año pasado, tal como contamos en El País, hoy. Estábamos sentadas en el sofá de su casa, Sofía Moro y yo, escuchando su historia, mirando los álbumes familiares, de esos que todo el mundo guarda, fotos de niños, de jóvenes, de la graduación (en la foto), de reuniones en el Día de Acción de Gracias… Troy era la esperanza de la casa. Una casa pobre y negra, de cinco hermanos… Y sin que pudiéramos creerlo, Virginia nos pasó el teléfono. “Troy al habla”, oímos. Contó de su situación, del mundo blanquinegro en Georgia, de policías y ladrones, de su vida rutinaria en prisión, de cómo nada más tiene que decir a los que no creen en su inocencia salvo que él es inocente. Y sobre todo, comentó lo mucho que agradecía que estuviéramos allí, la ayuda de la gente en todo el mundo y la ayuda de Dios, que eso era lo que a él le sostenía cada día. Soñaba con ser un hombre libre en 2011, nos dijo. Pero a lo largo de estos meses se vio que eso nunca sería. No había opción de otro juicio. Ni de libertad. La madre de Troy se dio por vencida. Murió en abril sin estar enferma, de pura pena. Como si lo viera venir. No quería asistir a esto que ahora vivimos. Martina se encuentra muy deteriorada; se aprecia en las retransmisiones de DemocracyNow (¡qué cobertura, la de Amy Goodman!). Ayer no hubo milagro: su hermano murió ejecutado. Aquí está contado el momento exacto desde los ojos de alguien que estuvo dentro. Y yo, que no rezo nunca, siento la necesidad de recitar aquí una oración por nuestra propia alma: “Troy Davis, que probablemente ahora estás en tu cielo… Te matamos a tí para enseñar que no debemos matar porque es malo. Algo así como pedir a gritos silencio en la sala pero a costa de una vida humana; la tuya en este instante, pero quizá mañana sea otra o, incluso, la mía”. Amén.

Otro juez, Greg Mathis, de Michigan, hace su valoración sobre la ejecución de Troy Davis. Y aquí, la imprescindible crónica fotográfica durante la espera de la ejecución realizada por el fotoperiodista Scott Langley, coordinador de Amnistía Internacional USA; en esta foto, se ve a Martina Correia a las 23.08 hora local, momento exacto en que se ejecutó a su hermano. Ella aún no lo sabía. 

…y Kubrick mutó en Napoleón

El famoso director de cine neoyorquino leyó cientos de libros, acumuló documentos desde 1967, se asesoró… le interesaba Napoleón, el hombre, el soldado, el emperador; su poder y su caída. Quiso hacerle película. Y de las grandes. Pero no encontró productor para proyecto tan inmenso. Durante años Stanley Kubrick guardó en su archivo ese material, como huellas de una pasión nunca dominada ni olvidada. Diez años después de su muerte, todo salía al fin a la luz. Un material recuperado ahora en diez volúmenes por la Editorial Taschen (incluye el guión último preparado por el director) y titulado ‘Stanley Kubrick’s Napoleon: the greatest movie never made’. Imagen: ‘Napoleón en Fontainebleau’ (1846), de Paul Delaroche. En El País Semanal publicamos un artículo al respecto en noviembre de 2009. Aquí está en su versión primera.

La obsesión de Kubrick

“Es imposible amar y ser prudente”. La frase de Francis Bacon, filósofo del siglo XVII, aparece subrayada por Stanley Kubrick, director de cine del más puro XX, en uno de esos cuadernos de notas que usaba con profusión mientras soñaba con llevar a la pantalla a Napoleón, personaje decisivo del XIX. Y Bacon debe tener razón. Tanto amó Kubrick a Napoleón que se obsesionó con hacerlo suyo y trasladarlo a su territorio. “Qué gran novela mi vida”, dijo una vez de sí el que fuera emperador francés. Según Kubrick, de haber existido el cine entonces, lo dicho sería más bien: “Qué gran película mi vida”. Kubrick no paró en años de planificar el filme con la minuciosidad con que Napoleón debía preparar cada una de sus batallas, que fueron muchas, gloriosas y dramáticas, privadas y públicas, en su medio siglo de vida, de 1769 a 1821. Un agitado y corto espacio temporal que le dio mucho de sí: pasó de conquistar Europa (“Napoleón sopló sobre Prusia y Prusia dejó de existir”, escribía Heine; “Siempre él, en totas partes, él”, opinaba Víctor Hugo) a morir vencido, solo y desterrado a la isla de Santa Helena… “¿Qué es la guerra? Un oficio de bárbaros, donde todo el quid está en ser más fuerte que el adversario en un punto determinado”, concluía el genio militar.

Fortaleza. Tenacidad. De eso sabía también el director norteamericano que se zambullía hasta el fondo en todo lo que tocaba. Kubrick supo alejarse del fragor social de Hollywood, se instaló en exilio voluntario en el Reino Unido (“Tengo esposa, tres hijos, tres perros y siete gatos. No soy Frank Kafka sentado en soledad y sufriendo”), luchó con originalidad por su independencia y libertad creativa, y se salió (casi) siempre con la suya haciendo 13 de las películas más personales de la historia del cine al grito de: “Si no estás enamorado del asunto, déjalo… Ya hay demasiadas películas mediocres”. O mejor: “Desde el inicio hasta el final de una película, mis únicos límites son aquellos que me imponen la cantidad de dinero de que dispongo para gastar y la cantidad de sueño que necesito. Algo te importa o no te importa, y sencillamente no sé dónde marcar la frontera entre esos dos puntos”.

Y fue, primero, el dinero el que le falló en Napoleon, cuando el presupuesto estimado para sus mínimo tres horas de película comenzó a rozar el cielo millonario de las superproducciones de la época, y cuando la productora MGM se desentendió del proyecto en septiembre de 1969. Y segundo, la inoportunidad, cuando se les adelantó en 1971 y fracasó otro filme sobre el asunto, Waterloo. Atrás quedaban, perdidos, los esfuerzos de documentación y producción de muchas personas. Hasta los viajes empleados en localizar y encontrar países (como Rumania) dispuestos a ceder su Ejército durante días para un rodaje de tales dimensiones. “10.000 soldados con sus caballerías aquí, 40.000 de infantería allá”, se lee en otra de esas notas manuscritas que Kubrick dejaba por todos sitios.

Parecía hasta ahora que todo eso era esfuerzo malgastado. Que Napoleon era otra película non nata. Pero no. Al cumplirse una década de la muerte de Kubrick en 1999, sale a la luz una obra elaborada por la norteamericana Alison Castle que lleva por título Stanley Kubrick’s ‘Napoleon’: the greatest movie never made [la mayor película nunca realizada]. “Cuando comencé mi investigación para los Archivos de Kubrick en 2002 [libro publicado también por Taschen en 2005], me quedé estupefacta ante la ingente cantidad de material sobre Napoleón que permanecía en la residencia de Kubrick; en volumen sobrepasaba al que había sido conservado de muchas de sus películas concluidas”. El libro, en formato facsímil y cofre del tesoro, incluye parte del material que Kubrick preparó para armar su obra. “He intentado hacerle justicia, presentar y terminar el que era su sueño”, dice.

Así, en diez libritos, se encuentran, entre otros, el guión último del director, de 1969 (aunque con él nunca existió el concepto de “último”); la libreta de producción; la descripción de las escenas desde su etapa como general a los 26 años hasta su muerte, pasando por su periodo de cónsul, emperador, jefe de un ejército invencible, el divorcio de Josefina, la derrota y la invasión de Francia. Hay cartas a los actores deseados (Audrey Hepburn sería Josefina), fichas con acontecimientos identificados día a día; un banco de datos con 17.000 imágenes de personajes; fotos y dibujos de los modelos de uniformes de los distintos ejércitos, armas y vehículos, los escenarios en los que Napoleón estuvo algún buen o mal día… Una empresa de factura napoleónica, sin duda. Un genio auscultado por otro genio. Valga una imagen: Kubrick en su mansión, de noche, leyendo libros sobre el corso, viendo películas sobre su vida, almacenando datos, pariendo ideas, estrategias, nuevas técnicas de rodaje y de iluminación… Modos de abordar el proyecto. ¿No hacía algo así también Napoleón? Lee el resto de esta entrada

Viajar sin ropa…

¿Sales de viaje y no sabes que ponerte? Jessi Arrington te soluciona el problema en un abrir y cerrar de ojos. Diseñadora en alza y de Brooklyn, sólo tienes que escucharla con atención. Y tu equipaje se reducirá y abaratará bastante. Palabra de honor.

Ella es fundadora y propietaria de la firma WORKSHOP. Su color favorito es el arco iris al completo y su respuesta para todo por defecto es YES. Enseña Fundamentos de Diseño en el Touro College y da conferencias como invitada en la Universidad de Nueva York. Antes de embarcarse en Workshop, invirtió sus energías en Brooklyn Brewery, Tomato Records y Lion Brand Yarn. Mantiene un blog llamado LuckySoAndSo.com que habla de diseño, consumo, color… e implicación. Ha hecho de su hobby, no usar nada nuevo (excepto la ropa interior), su profesión y su vida. Ella misma cuenta su visión del mundo en una de las conferencias TED. Recomendación: si no se conocen aún, Annie Leonard debería contactarla ya. Simpatizarían, compartirían su visión de la historia de las cosas y quién sabe qué ideas saldrían de tal encuentro. Muchas, seguro.

El mundo (no) es tan pequeño

He aquí un making of bien celebrado. De la mano mágica de David López Espada recuperamos este recorrido de varios periodistas, durante varios meses, para conocer la vida de varios niños, ayudados por varios expertos. ¿El resultado? Desde luego… variado. Basta leer el texto que sigue y ver este vídeo, para comprender quienes son los protagonistas de esta historia: ellos, todos los que hicieron posible esta increíble travesía.

Un viaje de la mano de UNICEF  para completar un proyecto ambicioso: mostrar el estado de la Nación Infantil, a través de 20 niños, de 20 países, en el 20 aniversario de la Convención de los Derechos del Niño. Cómo viven los menores de este mundo. Cinco periodistas de El País Semanal (Sergio Fanjul, Rafael Ruiz, Pablo Guimón, Quino Petit y yo) y cuatro fotógrafos (Isabel Muñoz, David López Espada, Roberto Ranero y Toni Catalá) dimos vueltas por cuatro continentes. El tema fue luego portada de un monográfico: Nuestro pequeño mundo, el 15 de noviembre de 2009.

Y más tarde creció y se hizo grandísima exposición con las imágenes de Isabel Muñoz.  Infancia (así se titula) ya ha pasado por Barcelona, Madrid y Valencia. Escribí el texto que sigue para el catálogo de esta muestra (editado por Lunwerg y primorosamente diseñado por Roberto Turégano). Lo usé para una reunión interna de UNICEF. Estas palabras pretendían ser resumen y mostrar agradecimiento: a los niños participantes (y sus familias) y al personal de UNICEF que hizo lo imposible para que todo cuadrara en cualquier momento y lugar, y los niños lo disfrutaran. Nosotros, los periodistas, sólo somos mensajeros del trabajo que otros realizan. Ponemos en palabras (a veces hermosas, otra no tanto) lo que vemos. Lo que vimos en esta ocasión fue a un grupo de personas embarcadas en un trabajo imprescindible, fundamental. Gracias a todos ellos, el mundo ya (no) es tan pequeño.

Superhéroes de hoy y del mañana

Del centenar de niños y niñas que hemos conocido en nuestro viaje, una de las que más nos impresionaron fue Vanesa Encinas, de 17 años, morena, guapa, introvertida. Ella nos habló, directa y llanamente, de la pobreza donde reside, en el cinturón de Buenos Aires, devastado por la crisis y los problemas económicos y políticos de su país, Argentina. Contó sobre el consumo de drogas en las esquinas de su barrio; de la violencia entre los suyos, los pibes del Sur; de lo habitual de los embarazos adolescentes entre sus compañeras de escuela; de los bailes en los boliches que ella no frecuenta y el tipo de novio con el que sí podría un día soñar.

Describió –y lo vimos, porque nos llevó hasta su chabola a través de un laberinto de alambradas y barro– la falta de electricidad, comida, cama y espacio en su villa, así las llaman, en la que convive, en una sola estancia, con padres y seis hermanos. Nos informó, y confirmamos, que es buena estudiante, sabe del estado del mundo y de literatura; trabaja apenas sin cobrar en una biblioteca para poder leer, porque no le alcanza para libros. Y le gustaría ir a la universidad. Nos dijo: “Nunca podré ir, lo sé”. –“Y si pudieras cambiar algo en tu vida, ¿qué sería?”, le preguntamos.

–“Cambiaría el sitio donde vivo, salir de aquí, para que los míos no tuvieran que pasar más por esto”.

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Historias de la Guerra Civil (1)

Ayer murió una mujer, Elisabeth Eidenbenz, a los 97 años. No era una mujer cualquiera: casi seiscientos niños, la mayoría hijos de republicanos españoles, nacieron en una maternidad de la localidad francesa de Elna entre 1939 y 1944. Ella, una joven maestra suiza, la fundó y creó allí un equipo, una isla de humanidad en medio de una Europa en guerra. La recuperación de este artículo publicado en El País Semanal el 9 de octubre de 2005, titulado La cuna del exilio, es mi pequeño homenaje a esta mujer que libro de la muerte a hijos de republicanos españoles en una circunstancias y un tiempo extremadamente difíciles. Ella nunca los consideró mérito suyo. Pero 52 ayuntamientos, varias asociaciones y universidades catalanas solicitaron para ella la Cruz de Sant Jordi (que recibió en 2006). Un año después el gobierno francés le concedió la Legión de Honor.

La cuna del exilio, 2005

Suena una voz enérgica al otro lado del teléfono, en Viena. “No fui yo. No fue mérito mío. Yo sólo fui una pieza más del engranaje”, se oye decir casi inmediatamente. “Todas, las enfermeras, las madres, los miembros de mi asociación y de otras… Todos lo hicimos posible en ese tiempo tan difícil, entre una guerra reciente en España y una segunda, aún más dura en Europa”. Habla con gusto Elisabeth Eidenbenz (92 años, suiza) del periodo entre 1939 y 1944, cuando ella, una joven maestra, comprometida, optimista, que trabajaba para la Asociación de Ayuda a los Niños en Guerra, sacó adelante un proyecto humanitario muy poco conocido: dirigió una maternidad en Elna, un pueblo del sureste de Francia. Buscaba y recogía a las embarazadas de los campos de internamiento habilitados por los franceses para el medio millón de republicanos obligados al exilio; esa masa humana que salió en forma desesperada de España entre el 27 de enero y el 12 de febrero de 1939 empujada por las tropas franquistas. Elisabeth las llevaba a parir a su casa, las cuidaba, les insuflaba energía, ganas. “Mi mayor satisfacción es que el lugar se convirtiera en una isla de paz en medio del infierno; en una bombona de oxígeno para tirar hacia adelante, para seguir viviendo”, dice. Y la imaginamos con el pelo blanquísimo y corto, las gafas sujetas con cordones, la piel sonrosada, los ojos bien vivos, tal y como se la ve en las fotos actuales. “Físicamente no me puedo quejar y, afortunadamente, mi cabeza sigue en orden”, se ríe.

Adela Aguado, Alberto Álvarez, Matilde Alcaire, Isabel Malagrassa, Lidia Alarcon, Ángel Vaquero, Francisco Cruzado, Conchita Rovira, Azucena Baquero, Faustino Bretos, Juan Mund, Teresa Abalia, Sonia Ugalde, Rosita Murillo, José Valero, Ricardo Ros, Isabel Cartana… Son algunos nombres de los 597 de la lista. “Cada alumbramiento era un acontecimiento para cada uno de nosotros”, dice Elisabeth.

Así, bebé tras bebé, durante cuatro años. Y todos –que hoy tienen entre 60 y 65– comparten algo, aunque quizá muchos aún no lo sepan: haber abierto por vez primera los ojos en las habitaciones acogedoras de la casa que Eidenbenz habilitó para recibirlos (grandes ventanales, vista a los Pirineos, jardín frondoso, balaustradas, escalinatas…) con la ayuda de comadronas suizas, de mujeres embarazadas, de recién paridas que se afanaban en las tareas de mantenimiento. Tienen en común el haber sobrevivido cuando –meses después de la guerra civil– la mortalidad de los recién nacidos en los campos franceses superaba el 90%; cuando sus padres, hacinados, hambrientos, derrotados física y moralmente, esperaban aún tiempos mejores, internados en condiciones precarias en Argelers, Ribesaltes, El Barcarés, St. Cebrià.

“Estábamos en un campo de concentración en la playa de Argelers, rodeados de alambrada y arena. Era febrero de 1939, hacía un frío horrible y soplaba una tramontana que no nos dejaba caminar y menos en la arena. Había que sujetarse unos a otros para mantenerse en pie…”, recuerda María García que parió en la maternidad a su hijo Felipe Saez el 24 de marzo de 1940 y se quedó allí ayudando durante dos años. “Me veía capaz de pasar hambre, sed, frío y todas las vejaciones que vinieran, pero que muriese mi bebé… Me encontraba en el séptimo mes de embarazo cuando se me acercó una señora suiza y me dijo que me iba a llevar a un lugar a tenerlo…”.

“En el campo había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se agotaba de tanto llorar, se dormía y ella lo protegía con su cuerpo. Las mantas estaban todas mojadas de aquellos días tan duros de febrero. Cuando salía el sol, la madre enterraba al bebé en la arena para que ésta le sirviera de abrigo. Pero al cabo de unos días el niño murió de hambre y frío. Yo estaba embarazada y sólo de pensar que mi hijo nacería en aquél infierno, me desesperaba… hasta que un día me encontré a la señorita Elisabeth; mejor dicho, ella me encontró a mí. Y me propuso ir a parir en una maternidad situada en Elna, en el Rosselló. El día que nació mi hijo en la sala de partos de la maternidad no pude reprimir las lágrimas. Todos pensaban que lloraba de emoción, sólo yo sabía que lo hacía por el niño enterrado en la arena de Argelers”, cuenta Mercé Doménech.

Estos testimonios están recogidos en el libro La maternitat d’Elna, bressol dels exiliats, de Assumpta Montellà i Carlos, publicado por la editorial Ara Llibres. En él se narra la historia de la maternidad, se desvela la personalidad de su directora, se recogen las vivencias de algunas de aquellas madres que nunca han olvidado y de sus hijos que saben por ellas de lo sucedido y han regresado al lugar de los hechos para atesorar detalles, para cerrar, quizá, un círculo, el de su vida, el de su memoria.

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Isabel Muñoz, cruce de caminos

Conocí a Isabel Muñoz gracias a Etiopía y a las tribus del valle del río Omo. Fue en 2004. Una visita a su estudio para un texto de El País Semanal, una charla breve, que se convirtió en larga, muy larga, inacabada y, hasta ahora, siempre abierta… Y ya. Nuestros mundos se cruzaron. La fotógrafa se trasladó hasta el suroeste del país en varias ocasiones para retratar a la tribus de la zona, los surma y los nyangaton, entre otros, indígenas de una región en cambio que están ya muy amenazados. De aquellos viajes nació una de sus obras más elaboradas, un muestrario de cuerpos y rostros de hombres, mujeres y niños que descubre el alma de un pueblo digno, anacrónico y guerrero. Lo contamos en El País Semanal pero no está en la web, hay que buscarlo en pdf en la página de la autora o en el archivo del periódico. Fue mi primer texto sobre Isabel. Luego vinieron otros. Y otros contenidos: ella ha movido desde entonces su objetivo desde lo puramente corporal y estético (aunque nunca lo ha abandonado, es su sello) a otro mucho más social y comprometido. Acabé, con los años y el mucho tiempo compartido, escribiendo su biografía en el libro de la serie Obras Maestras recién editado por La Fábrica.

Con eso lo digo todo.

Guerreros de África

Hay quien asegura que la fotógrafa Isabel Muñoz es un poco bruja. Que te mira un instante y te retrata. Que lo sabe ya todo de ti. Viendo estos hombres, mujeres y niños de la tribu surma, en el suroeste de Etiopía, es evidente que algún poder esconde: la habilidad de definir un mundo a través de sus individuos, a través de estos cuerpos desnudos, espigados, ambiguos, engalanados con motivos geométricos, orgullosos, armados y fieros que se balancean dulcemente sobre la cadera, que cierran los ojos o se tocan el pecho y la oreja con delicadeza, que sujetan con estilo el bastón, el Kaláshnikov, la túnica…

“Este trabajo era un sueño. Cuando la alemana Leni Riefenstahl publicó un libro sobre los nuba de Sudán, me dije: ‘Tengo que hacer algo así”, asegura Muñoz. Hecho queda (o casi, porque ya piensa en regresar). Y aquí es donde su pasión y su memoria se aceleran: “Los nuba, Sudán, hay guerra, estuve a punto de ir varias veces, pero no; y un día me hablaron de los surma, de la misma etnia que los nuba, pero etíopes, frontera con Sudán y el río Omo. En esa zona, y esto es lo que los ha preservado, había dos puentes que los unían con otra tribu, los mursi, interesantes, pero acostumbrados ya al turismo, a los blancos, a la coca-cola… El ejército voló los puentes y allí quedaron los surma, aislados. Para llegar, se necesitan tres días en todoterreno”.
Hasta ese lugar remoto de África se fue esta mujer nacida en Barcelona, menuda, de piel blanquísima, cabello negro y rizado, de rasgos finos y ojos vivos, con medio siglo de vida y movimiento continuo (no para quieta un instante): “A los 13 me compré mi primera Instamatic. Luego me casé, vine a residir a Madrid y parí a mis dos gemelos, a los 20; no tuve tiempo para carrera ni nada. Y cuando tenían ya cuatro años, me planté. Reflexioné sobre dedicarme a la foto o hacer ciencias exactas… [se ríe]. Menos mal que elegí la foto, lo otro habría sido horrible…”.
Un cuarto de siglo ya de actividad (“caótica”, según ella) que la ha convertido en prolífica autora de libros, exposiciones, reportajes… Ha hecho de todo. Y ese todo es, en realidad, siempre lo mismo: cuerpos. En mil posiciones, desde mil ángulos. Aunque así dicho no encaje con la realidad, porque ella lo que anda siempre es a la caza del espíritu. Una persecución desesperada que la empuja a viajar sin descanso (“Ya no sé ni dónde vivo, soy un poco gitana y ya no puede ser de otro modo”); un vaivén compulsivo para captar miradas, arrugas, pliegues, movimientos, gestos…: un afán por descubrir los secretos del ser, la razón última que nos hace iguales y únicos. Una obra elaborada gracias a su empeño, a un buen equipo, a miles de horas empleadas en idear, buscar personajes, convencerlos, retratar, obtener la pose, el gesto, la luz; revelar, ampliar y, luego, contar…
Sobre esto último no tiene la fotógrafa mayor problema. Le encanta hablar. Hilvana historias sin pausa. Usa una coletilla (“Para hacerte la historia corta”) antes de eternizarse en la narración, un modo sutil de mostrar que, para ella, todas las historias son largas, muy largas; que nunca, en realidad, tienen fin. Así, dices “surma” y nacen de su boca anécdotas, detalles de un lugar remoto. Dices “Cuenca” y se dibujan los surcos del campo castellano en sus fotos. Dices “Camboya” y aparecen niñas, burdeles, miseria… De estos tres temas se ocupa ahora Muñoz. Se entiende su devoción. Pero igual sucede con asuntos pasados: Irán (“Fui en busca de luchadores; siempre me las apaño para retratar universos machistas, será porque soy mujer y curiosa”), Turquía, natación, danza…
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