Se cumplen 50 años del nacimiento de los Ampelmännchen, los hombrecitos con sombrero de los semáforos de Berlín Este (antaño República Democrática Alemana) que de por sí tienen una historia peculiar y arrasan desde hace dos lustros como símbolo de la capital alemana entera. Las figuras en los pasos de peatones varían según país, ciudad y tradición. Hay quien los pone en pareja o les da volumen corporal o movimiento o hasta les pone bastones… Elementos iconográficos de nuestra vida cotidiana y urbana. He aquí un vídeo sobre su historia y un recorrido sobre los distintos modelos que hace Der Spiegel en un artículo titulado Hombres con sombrero.
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Berlín desde el tren
Sobre Berlín he escrito mucho. Durante años. Por muchas razones. La más importante: es mi ciudad. Pongo el pie en cualquiera de sus esquinas y visualizo su historia como en una moviola: cómo era hace años; qué pasó aquí y allá; qué había, qué no; cómo ha cambiado. Tanto tiempo he pasado en ella. Ninguna otra en Europa está tan cargada de acontecimientos del siglo XX. Y por eso, por sí sola, es una categoría específica en este blog personal. Cuando este artículo se escribió, en 2004, para el suplemento El Viajero, habían pasado 15 años desde la caída del Muro de Berlín, el hecho que lo marcó todo (incluso mi propia vida y mi vinculación con la ciudad). Justo cuando la capital alemana (título que recuperó en el año 2000) empezaba a cerrar algunas de sus costuras de tantos años. Este es un viaje que destripa la ciudad de un lado a otro. Una guía de lugares y vivencias. Un recorrido a bordo de uno de los trenes exteriores (los Sbahn), en concreto la línea que cruza la ciudad de suroeste a este. Mucho de lo aquí descrito permanece tal cual: paisajes, edificios, sensaciones… Pero Berlín cambia muy, muy deprisa, como es natural. Y otras han sido arrastradas ya por la modernización, el turismo y el paso del tiempo. La ilustración es de Artnomono, el chileno Cristobal Schmal, uno de los muchos y buenos artistas instalados en la ciudad.
Berlín, fin de estación
Alguien grita: “Zuruckbleiben, bitte!”. No se inmute. Tampoco intente traducir literal. Es el conductor del S-bahn (una suerte de cercanías) de Berlín, que le pide, por favor, que se contenga y no ejecute esa acción que todo español que se precie tiene en sus genes: acelerar ante el semáforo en naranja o, en este caso, correr esos últimos metros a toda velocidad para atravesar las puertas del vagón cuando ya todo parecía perdido; adios tren y adios destino. Las mismas puertas que, justo ahora, se están cerrando en la línea S7, estación de inicio Wannsee, suroeste de Berlín. Es este un trayecto que cruza la ciudad y la despliega entera ante aquél que quiera contemplarla. La S7 se dirige a Ahrensfelde, pero no hace falta llegar tan lejos. Basta acercarse hasta Ostkreuz para respirar el Este en estado puro aún hoy año 15 de la desaparición del famoso muro que dividió el mundo.
El ritmo machacón del “aussteigen” (bajar) y “einsteigen” (subir) marca el camino… Si alguién grabase un día el conjunto de sonidos que atesora el Berlín actual, el de sus estaciones de trenes sería el estribillo en el catálogo de ruidos cotidianos. A saber: chirridos de tranvías avejentados en el Este; cláxones de las bicicletas llamando la atención a los peatones que ignoran el carril-bici; rumor de la carga y descarga de los mercadillos; estruendo de los motores de aviones que aterrizan en Tegel, Tempelhof o Schönefeld mientras llega el gran aeropuerto BBI (Berlin Brandenburg International), que, finalmente, se construirá en el último emplazamiento citado y estará listo, afirman, en 2010. Y no sólo esto. También susurran los árboles de Britzer Park, rugen los leones en el zoológico del Este (Tierpark), vocalizan los guías de turismo en los cientos y cientos de autobuses descapotables y turísticos, gritan los niños en los Spielplätze, esos paraísos del juego con tantas maravillas que su sola enumeración es dolorosa (por las comparaciones): tirolinas, inmensos toboganes de acero, puentes, arena y agua para amasar, animales y trenes para encaramarse… “Próxima estación Nikolassee”, se oye en el S7, como una canción. Los alemanes aman los trenes. Su vida, su literatura y su historia está ligada a ellos.
-¿Conoces ya Berlin?
- No
- Ufff, te vas a sorprender. En Berlín hay casas modernas de cien pisos de altura, con tejados que se deben atar al cielo para que no se escapen.
(Emil a bordo de un tren en dirección a Berlín, en el libro Emil y los detectives, de Erich Kästner, 1929).
Artistas ‘made in Berlin’
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Miren estas fotos. Son todos artistas españoles. Sonia Mackay, Marina Bollaín, Misslata, Goyo Montero, Chema Alvargonzález y Marcos Giralt… Todos formados durante un tiempo más o menos largo en la capital alemana. Un tiempo que no era éste que corre ahora (ha transcurrido casi una década desde que se tomaron las fotos), en el que las calles berlinesas se han poblado de tantos turistas que sobrepasan ya el número de habitantes (3,5 millones), y un cocktail de seres licenciados de otros mundos en busca de oportunidades, y otros seres ambulantes variopintos… No. Entonces, años ochenta en adelante, la época en que muchos de ellos aterrizaron por allí, Berlín era como eso que se dice de Sevilla, una pura maravilla. Especialmente para todo aquel que buscara estudios en plural (de lo que fuera, especialmente de arte o de teatro) o estudio en singular: un espacio donde desparramar los lienzos, las telas o pinturas, la ropa y las maletas…; donde desparramarse a sí mismo/a o correr de esquina a esquina para ejercitar el arte de mover las piernas, donde perderse en la rueda constante de actos culturales, alternativos, educativos…Un mundo aparte.
Reinaba ese ambiente de “dejemos hacer, dejémonos hacer”, una conciencia crítica, social, ecologista y política que pasmaba al extranjero del Sur acostumbrado más bien al silencio y la sumisión aprendidos en dictadura. Ese ciclón de actividades y relaciones personales, esa humareda (real y política y mental) que todo lo aderezaba pero a nadie le importaba; el mucho sexo y la mucha música (rock, sonido industrial, tecno…), y el todo vale en la vestimenta…. La pena por lo del muro que, no nos engañemos, era un negocio bien atractivo, un tirón para propios y extraños, que daba para pintadas con arte, torres desde las que asomarse hacia ese horrible mundo comunista del Telón de Acero, ay, escenario de películas y películas mismas que lo convertían en protagonista. Un mundo particular. Encerrado. Y bien libre.
Todo eso era posible. Como son posibles hoy otras opciones igual de atractivas y válidas (no me malinterpreten), aunque la ciudad sea ya otra bien distinta. Porque en aquel Berlín capitalista, herido, privilegiado y dividido, no se sabía (porque no se podía y ¿a quién en la RFA le interesaba mudarse hasta allí, territorio enjaulado, sino era a cuatro colgados?) lo que era la especulación del suelo al estilo crisis del siglo XXI (no en ese modo, al menos; el tema de la propiedad siempre ha estado y está más mitigado en Alemania). Quien quería sitio, abría una puerta y lo ocupaba…. Cientos de edificios quedaron vacíos tras la Segunda Guerra Mundial. Y luego uno/a se quedaba o no, creaba o no, crecía o no. O bien hacía las maletas y se marchaba. Con la experiencia a cuestas y el nombre de Berlín incrustrado en la frente cual escudo. A mí se me ha quedado para siempre, como un tatuaje pegado a la piel en sitio que no nombro. Igual que a todo el que allí ha estado largo tiempo.
Todos los que aparecen en estas imágenes se beneficiaron de la ciudad, la exprimieron (con una beca, una carrera, un escenario, una galería…). Y Berlín se sirvió de ellas para cocinar su menú/escena de creatividad internacional particular con ese sabor a dureza, independencia y radicalidad, que siempre (hasta ahora que la gentrificación y el turismo empiezan a hacer estragos) la caracterizó. Una ciudad única. No apunto aún aquí las actividades de Sonia, Marina, Goyo… Está contado en el artículo publicado en El País Semanal el (ver en los pdf el berlinespañol1, elberlinespañol3, elberlinespañol4, elberlinespañol5, elberlinespañol6). Su trayectoria la contaré en post futuros. Sólo destaco aquí el nombre del autor de las imágenes, Attila Hartwig, turcoalemán, divino él y divino todo lo que toca.
Y un enlace interesante llamado Arte Informado, con información sobre otros artista en Berlín hoy



