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Ahora que se conmemora el centenario del hundimiento del Titanic (abril de 1912), corren por tierra, mar y aire las imágenes impresionantes y sorprendentes de otro trasatlántico, el Costa Concordia, cargado de turistas en crucero, que ya se ha hecho famoso por encallar sin explicación razonable en una isla italiana y minúscula causando cinco muertos y medio centenar de heridos (de momento). Y todos los titulares hacen triste balance… Se lee y se oye repetidamente hablar una y otra vez del Titanic como el naufragio “con el mayor número de víctimas de la Historia” o “el mayor naufragio de la Historia”… Fueron 1622 las personas desaparecidas. Y no es exactamente así. Quizá unos y otros se refieran en sus crónicas a barcos del mundo angloamericano desarrollado o concluyan tal cosa basándose en otros aspectos. Porque la mayor catástrofe marítima civil del mundo en tiempos de paz (en guerra fue el Wilhelm Gustloff, en 1945, con casi diez mil pasajeros) ocurrió en 1987 en Filipinas (el MV Doña Paz, unas 4.000 personas) y la segunda hace justo este año también una década la protagonizó Le Joola, un barco de pasajeros de propiedad pública que hacía el trayecto habitual desde Dakar hasta Ziguinchor, en la región de Casamance, en Senegal. Sucedió en septiembre de 2002 en las costas de Gambia y dejó un reguero de 1.953 muertos en el agua. Sólo 63 personas sobrevivieron al desastre ocurrido, al parecer, por el exceso de pasaje: el transbordador sólo tenía permitida una cuarta parte del que en realidad transportaba habitualmente. Y muchos perecieron por la tardanza en recibir asistencia: la ayuda de la Marina senegalesa llegó 19 horas después de la catástrofe.
Fue una conmoción para la capital del país, de donde parte este transporte con regularidad, debido además al gran trasiego de estudiantes universitarios desde Casamance. Hubo víctimas de once nacionalidades distintas, entre ellas, una treintena de Francia, Bélgica o España. La lista de desaparecidos no se pudo establecer hasta mucho después, ya que, entre otras razones, los niños no estaban incluidos.
Asociaciones de víctimas (como el CCFV-Joola, Collectif de Coordination des Familles des Victimes du Joola) se crearon a continuación para pedir investigaciones adecuadas, la recuperación del barco, el juicio a los culpables, el cobro de indemnizaciones, un censo de víctimas y un memorial etcétera… Algunas se han conseguido con el tiempo, pero otras cuestiones que aún hoy están pendientes. Homicidio involuntario y falta de asistencia son los cargos que se siguieron en un tribunal francés contra altos cargos del Gobierno, la Marina y la empresa naval. El barco se encuentra hundido a 20 kilómetros de la costa, a 19 metros de profundidad. Ni la mayoría de los cuerpos ni las pertenencias fueron rescatados. Triste estadística. Triste récord. En septiembre de 2011 se presentó un documental conmemorativo y contra la impunidad de los culpables, de Papa Moctar Sélane.
La revista videográfica semanal WUA, que presenta Ikenna Azuike, se regodea hoy en su episodio número 35 con la noticia: ¿Angola tendrá que ayudar a Portugal, a Europa, al mundo? ¡Hombre, pero si ya Portugal, Europa y el mundo crecieron y crecen a costa de Angola y otros países colegas continentales? Ay, los bucles de la historia… ¿o será el nuevo neocolonialismo pop? Ikenna no lo explica aquí, pero es interesante seguir su trayectoria en sus anteriores capítulos: hay semanas que no se pueden decir más cosas en menos tiempo: apenas cuatro minutos… y ya. Soy fan.
Aquí tienes también el de la semana pasada, muy, muy centrado en David Cameron y sus frases inoportunas.
Y el de hace dos, en el que cuenta la historia del subsahariano Mauro Manuel que, en la búsqueda de asilo, se topó con la incomprensión y la expulsión en Holanda.
El cantante senegalés Youssou N’Dour explora el legado musical africano, las raíces de la esclavitud en Return to Goree, película de Pierre Yves Borgeaud, rodada en 2007. En ella, entre otros muchos, aparece Joseph Ndiaye, el guía de la casa de los esclavos en la isla, una referencia permanente en el lugar, que murió poco después.
¿Qué simboliza Gorée en África? Aquí lo contamos.
Gorée se encuentra frente a Dakar, capital de Senegal. Los europeos la disputaron como enclave militar y puerto comercial de seres humanos con destino a sus colonias americanas. Durante cuatro siglos, millones de cautivos cruzaron el Atlántico desde estas costas de África occidental hasta que en 1807 los británicos prohibieron su transporte. Patrimonio de la humanidad desde 1978, Gorée es hoy lugar turístico. Un transbordador va y viene hasta allí sin descanso, esa cadencia con que antaño llegaban los barcos negreros.
El único ruido mecánico al llegar a Gorée es el del motor del ferry. No hay coches en la isla, sólo el golpear rítmico de las olas; muchos gritos, risas y palabras en francés y en wolof circulando por el aire; los reclamos cantarines de las vendedoras; las notas del chapoteo continuo de unos y el chapuzón repentino de otros bañistas; los pasos apresurados sobre el espigón de aquellos que buscan alcanzar el transbordador de vuelta a Dakar, este barco que es como la plaza pública: allí donde todo confluye, donde el millar de isleños se busca y siempre se encuentra.
Hace un instante, en cubierta, el sonido lo ha puesto la voz de Anta Guèye, de 11 años, que luce el mismo apellido que un personaje célebre del país, Laminé Guèye, uno de los primeros alcaldes y abogados negros africanos allá por los inicios del siglo XX, cuando Senegal era francés y empezaba a pelear por algo de espacio e independencia. Anta lo sabe; lo estudió en historia. Sabe también lo que simboliza Gorée. Y lo que ella quiere ser el día de mañana. Lo dice bien alto: “Presidenta de la República”.
Le sigue un coro de carcajadas; borbotones de dicha que brotan de las bocas y los grandes ojos de sus compañeros. A la clase de quinto le toca hoy la tradicional excursión de fin de curso: de Dakar a Gorée. De la caótica y joven capital de Senegal (fundada en 1857) al apacible rincón turístico, con siglos de historia, famoso por haber sido, desde que pusieron el pie aquí los portugueses en 1444, puesto militar y rico almacén de esclavos. Ese “lugar sin retorno” donde, cuentan, los cautivos veían por última vez la línea de su tierra natal.
Era Gorée uno de los puertos de carga en la costa del África occidental -otros muy activos fueron Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, y James Fort, en la del Gambia-, de la que, se calcula, salieron presas millones de personas en barcos gobernados por los John Hawkins, Francis Drake o John Newton de la época, convertidos luego en leyenda por el cine marinero y pirata. Todos, personajes de historia suculenta. Newton, por ejemplo, hizo fortuna en el golfo de Guinea y transmutó luego en abolicionista entregado: pidió incluso perdón en un libro por los actos cometidos en su etapa de mercader sin escrúpulos.
Un negocio europeo lucrativo el de negrero. No sólo para los navegantes. Lo ejercieron muchos, de muchas nacionalidades y empleos, durante cuatro siglos: reyes, políticos y misioneros; particulares y compañías; gente de éxito y buena reputación que se enriqueció con la trata. Una práctica a la que se entregaban ya los propios africanos desde hacía siglos y que los europeos convirtieron en empresa saneada y rentable, una de las actividades económicas más organizadas y sistematizadas de la época preindustrial, según dice el historiador Herbert Klein en su libro The atlantic trade slave: requería licencias, registros, preparación y avituallamiento de barcos, implicación de tripulaciones y agentes en tierra para la captura y la venta, y hasta de médicos para inspeccionar la salud de la mercancía… Hubo papas, como Nicolás V, que dieron el visto bueno y Estados que supervisaban el negocio. En España fue monopolio: la Corona cobraba el llamado derecho de asiento por la introducción del producto en sus colonias. El de esclavos lo abonaron genoveses, portugueses, holandeses, franceses, británicos… La South Sea Company, por ejemplo, en el siglo XVIII, se comprometía a enviar a América 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. Así está documentado. Lee el resto de esta entrada
Las fotografías (por orden, de Famous, Awa con sus hijos, y exterior de Rabat) son de Alfredo Cáliz.

Marruecos, 2009.
Hay personas sabias que en pocas palabras son capaces de definir el mundo. Una de ellas es Ekra A. K., de 30 años, de Costa de Marfil. “¿Qué haces para poder vivir?”, le preguntamos en los seis metros cuadrados en los que habita en Rabat (Marruecos). Ella mira un segundo alrededor: a las paredes, donde cuelgan pósteres de sus ídolos, las hiperblancas Shakira y Avril Lavigne; a la bombilla lánguida y el ventanuco atrancado en lo alto; al colchón oculto con telas y los vestidos que penden del techo; a la tele y las cazuelas con verdura cocinada sobre la alfombra… Es todo. No cabe más en este espacio por el que paga 70 euros al mes. Ni una gota de aire. “Prostituirme”, afirma.
“Dos euros por hombre una vez; 20, la noche”, dice esta mujer redondita y agridulce cuyo camino (tal como ellos llaman al viaje) hacia Europa se inició el día en que toda su familia fue asesinada en una emboscada. “Aquí viven otros tres africanos, refugiados de Congo”, indica Ekra, que no tiene papeles, ni asistencia, ni posibilidad de movimiento. Aquí es un pasillo y dos cuchitriles más, donde un hombretón te agarra del brazo en cuanto apareces. “Ven, ven que te voy a enseñar”, le dice a la periodista arrastrándola al interior. Toda mujer sirve en este contexto sólo para una cosa. Pero la visitante es morena, y sin embargo, blanca. La cosa cambia. Y el hombre desiste. Volvemos con Ekra. ¿Se dedican muchas conocidas a lo mismo que tú? “No sé la vida de otras. Cada una hace lo que puede para sobrevivir, para avanzar y llegar a su destino”.
En ese destino (España) con el que sueña Ekra hay personas de naturaleza prodigiosa. Una de ellas es Happiness, veinteañera larga, nigeriana enérgica y dura, ágil de verbo, bromista, que ha dejado atrás familia e hijo, un país complicado y denso, y ha conseguido atravesar el Estrecho para llegar hasta Roquetas de Mar (Almería), allí donde el mar es anécdota, y el invernadero, rey. Trabaja y habita Happiness en uno de esos cortijos, antaño de labranza y retiro y hoy abandonados en los descampados o encajados entre los plásticos o los bloques de pisos del boom inmobiliario último ya desinflado. Edificaciones en ruinas, ocupadas por inmigrantes sin techo y ya casi siervos gracias a la crisis económica (lo indica la asociación hispanoafricana Acciones Comunitarias Almerienses, ACA); casas de una planta, con patio interior y cuartos varios con múltiples camas para poder simultanear el trabajo sexual. Allí conviven las chicas a las órdenes de la madame,a la que suelen pagar semanalmente 50 euros. Lo cuenta luego Evelyn A., de Nigeria, que lo sabe bien porque estuvo en ello y ahora, ya fuera y regularizada, afirma: “Nunca más podría, la sensación de suciedad de ti misma es tremenda”.
En el salón hay siempre una tele encendida y sillas en círculo para los que allí se reúnen, subsaharianos -se estiman 25.000 en el gueto de los sin papeles en la zona- sin otras relaciones sociales posibles, que van a ver la telenovela nigeriana vía parabólica, a beber barato, a bailar su música y a por sexo: 10 euros el polvo, 40 la noche entera. Ahora mismo varias mujeres permanecen sentadas a la espera, balanceándose embobadas ante la pantalla y apretando contra sus cuerpos envases de plástico de esos en que se comercializa lavavajillas. ¿Por qué os colocáis las botellas sobre la barriga? He ahí pregunta sin intención. “Tienen agua caliente. Para el frío. ¿Quieres?”, nos ofrecen una. La respuesta de Happiness es otra: “Para relajarte los espasmos después de mucho follar, ¿comprendes?”.
Dice un miembro de una ONG de la localidad de El Ejido, aquí pegado, que hay días con colas de clientes en las puertas de los cortijos, y que no, que no son sólo africanos, que hay mucho español (y sí, los veremos llegar luego en sus coches), mayor y no tanto. Y salvo alguna formación y asistencia médica garantizada (de lo que se ocupan, entre otros, Médicos del Mundo en la zona, con programas para personas en situación de prostitución; sólo eso sería ya un sueño para Ekra), no hay fórmula mágica efectiva “para sacarlas de ahí”, dicen en ACA. “Tienen presiones, deben mandar dinero a sus familias o pagar las deudas inmensas que han contraído en el camino”. La religiosas Oblatas de Almería, con cuatro siglos de experiencia en la materia (ellas, como las Adoratrices, saben de qué hablan), ofrecen pisos de acogida a algunas y les ayudan a romper el círculo.
Ekra y Happiness son dos ejemplos de una situación común poco conocida. A saber, violación sistemática de derechos humanos sólo por ser mujer. A uno y otro lado de la frontera. Explotación, trata, prostitución. En todo el camino. De ello habla un informe que se presentará en Madrid estos días, realizado entre 2005 y 2007, por un grupo de juristas, la organización Women’s Link Worldwide, formada por mujeres empeñadas en la lucha contra la discriminación por cuestión de género y en su defensa. “Tenemos información frecuente de las llegadas de subsaharianos en pateras a las costas españolas, de la forma en que saltan la valla de Ceuta y Melilla o de la respuesta de las autoridades y la población civil… Pero existe un gran vacío en las implicaciones que supone para una persona iniciar el proceso migratorio, especialmente para una mujer”, cuenta Viviana Waisman, la directora.
La idea nació cuando documentaban en 2005 en la frontera de Ceuta situaciones de violencia: “Nos llamó la atención que se hablara siempre de hombres. ¿Y dónde están ellas?, nos preguntamos. Y ellas estaban ahí mismo, en los bosques, ocultas. Incluso para hablarles había que pedirles la palabra a ellos. Al final pudimos acercarnos, comunicarnos; más con las francófonas que con las anglófonas; las nigerianas son complicadas, muy vulnerables…”. Visibilizar lo invisible fue el objetivo. Allí había embarazadas, heridas, explotadas, devastadas (ver www.womenslinkworldwide.org). Mucho que contar. Muchas historias. Todas grandes.
La escritora nigeriana Chimamanda Adichie habló un día sobre el peligro de mirar los acontecimientos desde un sólo lado, los prejuicios, los lugares comunes… Esa envolvente que convierte al mundo en un puro estereotipo. Y a África aún más. Y su conferencia se convirtió en una de las más seguidas de ese punto de encuentro de tecnología y desarrollo que es TED. Merece la pena escucharla o leerla (debajo, en castellano, su relato) para seguir sus varias vidas: la propia, la de su familia o su país, la de escritores de otro y este tiempo, creadores contemporáneos; la del imaginario africano, la de los sabores, paisajes y personas con las que compartió su tiempo durante la niñez y juventud.
Un festín que merece la pena completar con esta infografía creada por Kai Krause y titulada “El verdadero tamaño de África”, realizada, según su autor, para combatir la creciente “Immappancy” que arrasa (complemento de la illiteracy e innumeracy, el analfabetismo tanto en letras como en números, dice), la falta de conocimientos geográficos del mundo. Y te recomiendo que pinches el enlace.
“Cuento historias. Y me gustaría contarles algunas historias personales sobre lo que llamo “el peligro de una sola historia”. Crecí en un campus universitario al este de Nigeria. Mi madre dice que comencé a leer a los dos años, creo que más bien fue a los cuatro años, a decir verdad. Fui una lectora precoz y lo que leía era literatura infantil inglesa y estadounidense.
También fui una escritora precoz. Cuando comencé a escribir, a los siete años, cuentos a lápiz con ilustraciones de crayón, que mi pobre madre tenía que leer, escribí el mismo tipo de historias que leía. Todos mis personajes eran blancos y de ojos azules, que jugaban en la nieve, comían manzanas y hablaban seguido sobre el clima: “qué bueno que el sol ha salido.” Esto a pesar de que vivía en Nigeria y nunca había salido de Nigeria, no teníamos nieve, comíamos mangos y nunca hablábamos sobre el clima porque no era necesario.
Mis personajes bebían cerveza de jengibre porque los personajes de los libros que leía, bebían cerveza de jengibre. No importaba que yo no supiera qué era. Muchos años después, sentí un gran deseo de probar la cerveza de jengibre; pero esa es otra historia.
Creo que esto demuestra cuán vulnerables e influenciables somos ante una historia, especialmente en nuestra infancia. Porque yo sólo leía libros en que los personajes eran extranjeros, estaba convencida de que los libros, por naturaleza, debían tener extranjeros, y narrar cosas con las que yo no podía identificarme. Todo cambió cuando descubrí los libros africanos. No había muchos disponibles y no eran fáciles de encontrar como los libros extranjeros.
Gracias a autores como Chinua Achebe y Camara Laye mi percepción mental de la literatura cambió. Me dí cuenta que personas como yo, niñas con piel color chocolate, cuyo cabello rizado no se podía atar en colas de caballo, también podían existir en la literatura. Comencé a escribir sobre cosas que reconocía.
Yo amaba los libros ingleses y estadounidenses que leí, avivaron mi imaginación y me abrieron nuevos mundos; pero la consecuencia involuntaria fue que no sabía que personas como yo podían existir en la literatura. Mi descubrimiento de los escritores africanos me salvaron de conocer una sola historia sobre qué son los libros.
Mi familia es nigeriana, convencional de clase media. Mi padre fue profesor, mi madre fue administradora y teníamos, como era costumbre, personal doméstico de pueblos cercanos. Cuando cumplí ocho años, un nuevo criado vino a casa, su nombre era Fide. Lo único que mi madre nos contaba sobre él era que su familia era muy pobre. Mi madre enviaba batatas y arroz, y nuestra ropa vieja, a su familia. Cuando no me acababa mi cena, mi madre decía “¡Come! ¿No sabes que la familia de Fide no tiene nada?” Yo sentía gran lástima por la familia de Fide.

En Cassis, pueblo de la Costa Azul francesa; entre giros de la carretera que desciende en busca del mar Mediterráneo, el puerto deportivo, los turistas, las boutiques con mucho tejido claro y caro, y las callejuelas peatonales…, subes la escalera estrecha de una casa de vecinos cualquiera y te hallas en un pispás frente a Peter Beard (Nueva York, 1938). Está esperando, sentado en una silla en medio de un cuarto escueto y abarrotado de libros, fotos y objetos; vestido de negro impecable y aterciopelado, las piernas cruzadas con desenfado, un calcetín de cada color; las manos grandes y gastadas, manchadas de tinta y de la sangre de vacuno que encarga desalada para que cuaje sobre el papel… Imponente con 70 años. “Me conservo bien porque soy muy infantil, muy inmaduro; estoy muy enojado con todo. Eso ayuda”, dirá luego.
Luego. Porque antes, con sus ojos claros entornados, lanza una mirada escrutadora a la visitante (a la que ha pedido “charlar, sin grabadora”), le regala una de sus sonrisas engatusadoras y… decide abrirse, abrir la caja. Mejor, las cajas: la de la cercanía y sintonía con el otro, y la de sus recuerdos. Un botín ambas. “La vida es una avalancha”, dijo una vez. Y así es él. Arrollador. De esos seres que abren la boca y fluye el mundo líquido: borbotones de ideas, anécdotas, imágenes, ironías; opiniones contradictorias y políticamente incorrectas, la mayoría…
Así arrancaba el artículo sobre el famoso fotógrafo neoyorquino publicado por El País Semanal, el 6 de junio de 2008
Un impacto fue conocerle. Elegante, guapo, excéntrico, apasionado y creativo hasta la médula, en primavera de 2008 le fui a visitar en Cassis el pueblo francés de la Costa Azul donde tiene estudio y se retira a trabajar de vez en cuando. Su vida giraba entre Nueva York, Nairobi y Francia. Estaba preparando exposición, reelaborando todas aquellas fotografías en blanco y negro que tomó en los años sesenta y definen su trabajó, junto a su ayudante Gustavo Fermin y con la presencia siempre en la distancia de su esposa Nejma, que controla su logística, a Dios gracias, desde Nueva York, pues él es puro desastre. El hombre biónico, lo llama ella. “Porque tiene más energía que diez juntos”.
Porque cuando trabaja, Peter Beard es uno y sólo. No sabe de otros, ni de intereses ajenos, ni del mundo exterior… Por eso fue un honor que me diera su tiempo, su charla, su atención, sus cuidados… empeñado en que conociera Cassis, sus secretos, sus paisanos y paisajes, tan generoso… El pueblo entero a través de los ojos de Peter Beard, caminamos por sus calles, andando él con ese balanceo peculiar de su cuerpo producto de aquel día en que le arrolló un elefante. Un lujazo. (Y una suerte: es un hombre que acoge o expulsa. Radicalmente. Me siento privilegiada, sobre todo por el contacto que han mantenido después conmigo). Él trabaja y trabaja, elefantes, leones, cocodrilos, hombres o mujeres, y mucha moda… Para él todo es motivo de reflexión, cualquier detalle, objeto que encuentra es suceptible de ser convertido en arte. Eternamente provocador (“Yo no soy sentimental, odio el sentimentalismo; esa piedad occidental que tanto abunda, la de los que se dedican a hacer el bien para expiar la culpa del mundo desarrollado”, continúa Beard. “Do-gooders”, los llama. ¿El modelo? “Bono o Bob Geldorf”. Especialmente el último: un “inconsciente”. “Patético” es otro de sus adjetivos preferidos) su tema número número uno es África. Hasta allí viajó Beard por primera vez en 1955, a los 17 años. Le fascinó tanto, que este habitual de la alta sociedad neoyorquina acabó quedándose y siendo el fotógrafo de la vida salvaje. Publicó el libro The end of the game (el final del juego o el juego ha terminado en sus palabras) considerado una profecía sobre l evolución del mundo. Denunciaba los peligros de la superpoblación. Acabará con nosotros, decía. “¿Cambio climático? No, eso no existe. El clima somos nosotros”. Su obra fue reeditada por la editorial Taschen. Muchos de sus cuadernos están agotados. Su vida y obra se recogen en su web.
Beard es el fotógrafo del África salvaje y de los elefantes como metáfora social de nosotros mismos; el de los retratos a las modelos más cotizadas –“¿contradicción?, no; la belleza de la mujer es lo último que queda puro de la naturaleza”, afirma–. El juergista y noctámbulo empedernido que aún cierra el último los clubes de las grandes ciudades porque apenas duerme; sólo vive, observa, piensa, crea de manera contundente y permanente. El norteamericano guapo que iba para médico y acabó estudiando arte con Joseph Albers (de la Bauhaus). El de los amigos geniales, ricos y famosos:
– Andy Warhol: “Me pareció un freak cuando le conocí”.
– Francis Bacon: “Imprescindible. Me pintó mucho, me hizo cuatro trípticos. Uno de ellos está aquí, mira”, señala a la pared, “arrugado de tanto viaje desde Kenia”.
– Dalí: “Era el hombre-idea; nada de loco, como muchos creen. Le quise mucho. España le trató mal. Luego nos vamos a comer una crema catalana en su honor”.
Y así cita a Capote, los Rolling, la familia Kennedy… Aquellos con los que compartió gira, mucho tiempo y muchas vacaciones.
Detrás de este hombre de porte aristocrático, rubio de piel tostada, se esconde el chaval de 17 años que se fue a África un día de 1955, por vez primera, con el bisnieto de Charles Darwin (puro destino naturalista) y acabó comprándose una granja (Hog Ranch) en las colinas Ngong, en Kenia, pegada a la de Karen Dinesen von Blixen, autora de Out of Africa, que le impulsó a ir, mirar y ver de qué va esto, a qué huele, cómo se transforma, cómo el continente negro luce infinito y, sin embargo, se agota y desvanece bajo “el boom demográfico, el deterioro del hábitat, los males del colonialismo, la corrupción política, la industria de la ayuda internacional…”. Lee el resto de esta entrada
Para entender el contenido y la razón de ser de este post, basta un golpe de ratón y trasladarle al blog de la ONG Dyes donde escribe Chema Caballero, el sacerdote javeriano que citábamos en un comentario anterior sobre Sierra Leona: http://www.ongdyes.es/blog/?p=609
En él habla de la obra del autor keniata, Binyavanga Wainaina, ¿Cómo escribir sobre África?, en la que éste da algunos consejos a los que redactan sobre este continente (y que salió publicado hace ya un tiempo en la revista Granta).
Estos, cual mandamientos, los resume Chema Caballero en ocho. Los siguientes:
a) En tu texto trata a África como si fuera un solo país […] No te enredes con detalles y descripciones precisas. África es grande: 54 países y 900 millones de personas que están demasiado ocupadas pasando hambre, muriendo, guerreando y emigrando para leer tu libro.
b) Nunca pongas la imagen de un africano de clase media en la portada de tu libro, ni dentro, a no ser que haya ganado un premio Nobel. Un AK-47, costillas prominentes, pechos desnudos: utiliza éstas.
c) Temas tabú: escenas ordinarias de la vida cotidiana, amor entre africanos (a no ser que esté relacionada con la muerte), referencias a escritores africanos o intelectuales, la mención de niños que van al colegio y que no sufren virus, ni Ébola, ni mutilación genital femenina.
d) Entre los personajes no puede faltar la africana hambrienta, que vaga por el campo de refugiados prácticamente desnuda y espera la benevolencia de Occidente. Sus hijos tienen moscas alrededor de los ojos y tripas hinchadas. Sus pechos están planos y vacíos. Debe aparecer como una mujer completamente indefensa. No debe tener ni pasado ni historia; estas pequeñas diversiones arruinan el dramatismo del momento. Los gemidos y las quejas son buenos.
e) Asegúrate de que muestras cómo los africanos tienen la música y el ritmo profundamente arraigados en sus almas y comen cosas que ningún otro humano come. No menciones el arroz, la ternera o el trigo; el cerebro de mono es el preferido en la cocina africana, junto a la cabra, la serpiente, los gusanos, las larvas y todo tipo de carne de caza. En tu texto, muestra cómo fuiste capaz de comer dicha carne sin estremecerte y, por supuesto, describe cómo aprendiste a apreciarlo, porque África te importa.
f) Hablar generalizando es bueno. Evita que los personajes africanos se rían o luchen para educar a sus hijos. O mejor, simplemente evita representarlos en circunstancias mundanas. Los personajes africanos deben ser coloridos, exóticos, más grandes que la vida, pero vacíos por dentro, sin diálogo, sin conflictos o resoluciones en sus historias, sin profundidad o rarezas que confundan la causa.
g) El africano moderno es un hombre gordo que siempre roba, se niega a dar permisos de trabajo a los occidentales cualificados que de verdad se preocupan por África, es un enemigo del desarrollo y siempre utiliza su puesto gubernamental para dificultar el trabajo a los pragmáticos expatriados de buen corazón que quieren poner en marcha una ONG.
h) Recuerda: cualquier trabajo en el que la gente aparezca mugrienta y miserable será alabado como la “África real”, y eso es precisamente lo que tú quieres que ponga en la contraportada de tu libro. No sientas malestar por esto: estás intentando ayudarles para conseguir ayuda de Occidente.
Siguiendo estas sencillas recomendaciones cualquier periodista o escritor que se precie encontrará siempre público para sus reportajes y libros. ¿Lo has probado?
Fotografía archivo personal: En las calles de Freetown, junto al sacerdote javeriano Chema Caballero, Sierra Leona, 2007. Alfredo Cáliz.
Una misión en la zona más pobre. Ese era el subtítulo del reportaje. Y el título: ‘Hombres de Dios’.La misión citada, la de los religiosos javerianos. La zona paupérrima, Madina, zona de selva en Sierra Leona pegada como un chicle a Guinea. Allí tenían casa y mucho trabajo desde hacía muchos años. El fotógrafo Alfredo Cáliz y yo les habíamos visitado ya antes, acompañando al cantante David Bisbal y su hoy esposa Elena Tablada, admiradores de la obra realizada por estos religiosos, con el español Chema Caballero a la cabeza, con los niños soldado de Sierra Leona (ya comentaré esa visita en otro momento: Bisbal se volcó en el viaje y se dejó la piel en un concierto privado y a pelo para ellos, uno de los más sentidos de su vida). Algunos de ellos, como Alfa, Medo, Bakarr, rehabilitados, colaboran hoy en las tareas de la misión.
Lo que vimos allí entonces nos impactó. Por eso quisimos regresar. Para retomar la historia de las vidas de Chema, Bruno Menici, Franco Manganello… y contar lo grandioso de su tarea de décadas. Para contemplar de nuevo la belleza brutal (y al tiempo, la dureza) de un lugar con una vegetación riquísima donde no hay luz eléctrica, ni agua corriente, donde el médico más cercano se encuentra a cinco horas en coche (también añadiré un texto inédito sobre el único hospital de la zona, gestionado por el hospital catalán San Juan de Dios). Queríamos narrar su trabajo cotidiano (la mayoría de escuelas de la zona han sido promovidas y organizadas o apoyadas por ellos), silencioso, poco sujeto a publicidades a pesar de que ellos no cuentan con recursos propios y sólo se sostienen con donaciones. Ese lado de la Iglesia, que es el que en verdad debería llevar la mayúscula, que nada tiene que ver con los lujos vaticanos. Quisimos regresar para admirar los colores de las ropas de las mujeres, los distintos tonos de la piel, el olor de la selva apretada y sofocante en escenarios que parecían sacados de las películas de Tarzán, el impacto visual que produce esa tierra roja como la sangre con una historia tan violenta. Así que nos instalamos en la misión. Y convivimos con ellos durantes varios días.
Luego lo contamos en escenas como esta:
Terminada la misa, Madina (dos calles cruzadas (una principal al estilo Oeste americano), un mercado cubierto y el resto desperdigado a su alrededor) se despereza poco a poco. Se va haciendo la luz completa; se aclaran los tonos del verde y se afinan los contornos de los cotton trees, de las palmeras cocoteras y las de vino de palma; se consolidan la humedad y el calor; se despliegan los tenderetes y abre el surtidor de gasolina que casi nunca tiene, pero que antes llegaba en botellas y ahora traen en cisterna… Y se ve a las mujeres como manchas de color aquí y allá, que barren los porches o preparan comida en los calderos sobre la tierra, mientras cientos de niños surgen de las cabañas de barro y paja de elefante vestidos con los uniformes de colores, cual fichas de un juego: azul y rosa, colegio católico; verde, wesleyano; marrón, musulmán; blanco, público…
Sierra Leona es un país que guerrea hoy y se pacifica, como si nada, mañana. Con una energía que tumba. Y unas diferencias monumentales entre campo y ciudad. Lo que es pobreza digna en el primero, es hacinamiento, chabolismo y miseria extrema en la capital, Freetown, cuya población ha crecido de unos pocos cientos de miles de habitantes al millón y medio, en una década. Todos los detalles de ese mundo se pueden seguir en el estupendo blog de la ong Dyes, que escribía desde allí y escribe ahora desde España Chema Caballero.
“Lo sorprendente es que, igual que empezaron a matarse, terminaron”, nos contaban él y Bruno en el comedor de la misión, que despues de ser ampliado ya no existe tal cual lo recordamos. El país se ha calmado mucho, ha elegido otra vía distinta a la violencia. En 2002 acabó la guerra civil. Ese año se celebraron elecciones. El Tribunal de la Haya condenó en 2007 a algunos de los responsables de una sangría como se han visto pocas, entre ellos al presidente de Liberia, Charles Taylor. Los diamantes atrajeron la muerte. Costaron sangre, sudor y lágrimas. Se ha avanzado mucho. Pero los rescoldos, la miseria (el país oscila en los últimos puestos de la triste categoría: más pobre del mundo) permanecen. El artículo que nació de aquella visita decía:
Basta escuchar a mujeres como Verónica Gisbert, de la Red ATTAC, toda entusiasmo (igual que todo su grupo de Attac Valencia) o contemplar la determinación en los ojos de la campesina guatemalteca Dolores Sales (en la foto) ayuda a entender lo que ha sido el Foro Social Mundial de Dakar (Senegal) celebrado hace un mes, en el que las mujeres jugaron un rol fundamental.
Feministas, pacifistas, ecologistas, campesinos, intelectuales, ciudadanos de todo color que claman justicia social y quieren cambiar el modo de hacer de Gobiernos, empresas e instituciones. Su lema: “Otro mundo es posible”. Unos 70.000 se reunieron en Dakar (Senegal) en el 11º Foro Social Mundial. Esta es una crónica del encuentro.
Esa era la entradilla del reportaje que publicamos en El País Semanal titulado Galería Antisistema. Se trataba de la edición número once de un encuentro siempre múltiple y multitudinario que ha atraído cada año a miles de personas a un lugar distinto del mundo. Así ha sucedido con mayor o menor número de asistentes, desde aquel mítico de Porto Alegre de 2001 que surgió del hartazgo y el descontento ante la forma de hacer de la gran política, en general, y los organismos internacionales, el FMI y la OMC, en particular.
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Miradas cruzadas en el aeropuerto de Barajas (Madrid). Y es de suponer, en este momento, en otros muchos europeos. ¿Se reconocen los activistas entre sí? ¿Hay un manual de uso antisistema? ¿El vestir, las maneras, la ilusión, el vocabulario…? Las preguntas se agolpan. Un total de 1.200 asociaciones de 132 países (casi un centenar de España) se han registrado en esta edición, la tercera, tras Bamako (Mali) y Nairobi (Kenia) en África. Son, sobre todo, grupos de la sociedad civil, ONG grandes o chicas, sindicatos, partidos… Tanto tirón tiene esta convocatoria que lo mismo encontraremos en Dakar a los Verdes europeos que a Veigas, líder del BNG; a la socialista francesa Martine Aubry reunida con periodistas, a Evo Morales dando un discurso o a Lula pidiendo perdón por la esclavitud.
Es decir, adiós al estereotipo: hay muchos tipos de foreros. De cualquier edad, origen y condición. Uno imprescindible es el líder intelectual consolidado o emergente. Los que alimentan. Desde famosos como Susan George, Aminata Traoré, Naomi Klein, Gus Massiah o Éric Toussaint hasta otros menos conocidos como Esther Vivas, Fatma Alloo, Olivier Bonfond, Phumi Mtetwa, Christophe Ventura… Aquí, en la Universidad Cheick Anta Diop se concentran todos. Al alcance de cualquiera. Y trabajan. No se da abasto con tanto debate. Se les ve acelerados, cubiertos de sudor y polvo, de mesa en mesa, comprometidos, mostrando sus propuestas, aquello en lo que creen (o lo parece). Ofrecen un delicioso festín alternativo que sabe a pacifismo, derechos humanos, igualdad, soberanía alimentaria, medio ambiente, infancia, indígenas, condonación de deuda, lucha contra la pobreza, sostenibilidad, salud, feminismo, inmigración, calidad democrática… Pero la mayoría no son ni famosos ni grupales. Personas anónimas (que han mostrado su peso en varias ocasiones: sobre todo contra la guerra de Irak, 15 millones en la calle) dispuestas a compartir deseos de cambio más o menos radical. “Me represento a mí misma”, nos dirá la argentina Marcella Guerci, antropóloga, docente, habitante de la “ciudad intermedia y minera de Olavarria”. Viene sola: “Busco preguntas y respuestas”. Un modelo de participante esponja.
Ella, Ory Okolloh, habla de historias grandes que podrían parecer minúsculas. Cuenta, y muy bien, cómo con el destino, el lugar donde naces condenado de antemano, y el modo y las condiciones en las que habitas desde que abres los ojos, se puede construir un buen guión, completamente sorprendente y nuevo. Nada planificado de antemano. Libre. Historia de luchadoras/es. La generación leopardo en África.